domingo, 10 de marzo de 2013

Bardos

"Bardo" tiene como raíz etimológica gwerd-2 (alabar en voz alta). Comparten raíz el sánscrito grnáti "él canta"; avéstico gar- "alabar"; lituano gerbti "honrar"; prusiano antiguo gerbt "hablar" y el alto alemán antiguo queran "suspirar". Con grado cero y sufijo grd-do "el que alaba" se incluye el céltico bardo-.





Homero, autor de la Ilíada y la Odisea, es seguramente el "bardo" griego más conocido de la historia. Sus obras rebosan alabanzas y rimas dedicadas a los dioses y los héroes. El investigador Joachim Latacz sostiene que Homero pertenecía o estaba en permanente contacto con el entorno de la nobleza. También persiste el debate sobre si Homero fue una persona real o bien el nombre dado a uno o más poetas orales que cantaban obras épicas tradicionales. La mayoría de los historiadores sitúa la figura de Homero en el siglo VIII a. C., si bien sus escritos debieron ser tradiciones orales de mucha mayor antiguedad.  





El nombre de Hómēros es una variante jónica del eólico Homaros. Su significado es rehén, prenda o garantía. Hay una teoría que sostiene que su nombre proviene de una sociedad de poetas llamados los Homēridai, que literalmente significa "hijos de rehenes", es decir, descendientes de prisioneros de guerra. Dado que estos hombres no eran enviados a la guerra al dudarse de su lealtad en el campo de batalla, no morían en éste. Por tanto se les confiaba el trabajo de recordar la poesía épica local, para recordar los sucesos pasados, en los tiempos anteriores a la llegada de la literatura escrita.





Los bardos históricos, miembros de la clase sacerdotal entre los celtas, cantaban las hazañas de los héroes y desempeñaban el papel de consejeros. Tras la conquista romana subsistieron en la corte de los pequeños príncipes del País de Gales, donde se organizaron según una jerarquía rigurosa. Acompañaban su canto con una especie de lira, la crouth.



Los más célebres y los más antiguos fueron Taliesin, Aneirin y Llywarch Hen (ss. VI-VII). La conquista del país por Eduardo I (1238) los redujo a la condición de cantores ambulantes hasta el s.XVI. El romanticismo les devolvió cierta popularidad al atribuirles un papel decisivo en la formación de las epopeyas nacionales.





Es obvio que históricamente el poder de las alabanzas unido a la belleza de las palabras (acompañadas habitualmente de mentiras, exageraciones y una buena dosis de cepillo) lograron engatusar los oídos de muchos poderosos. Para adaptarse a los nuevos tiempos, los bardos modernos ("asesores" y "expertos) cambiaron la poesía por la retórica y al rey por el político. Ástutamente saben que los mandamases sienten un maquiavélico placer por ser continuamente ensalzados. Al igual que antaño son tan maestros del halago como de la ineptitud. Las rimas sobre dioses y héroes del pasado han sido sustituídos por mantras acerca de constituciones dignas de elogio, "democracias" y demás parafernalia política. Mismo perro con distinto collar.