martes, 20 de marzo de 2012

Duendes


"Duende" viene del latín dominus (dueño) y es contracción de duen de casa. La raíz etimológica es demd-1 (casa). Con el sentido de "duende" la palabra es conocida desde al menos el s.XV. Desde el Renacimiento la palabra ha sido sinónimo de fantasma o demonio menor. Muchas leyendas comentan que se aparece como un humanoide bajito y con gorro.



Según Alfonso de Palencia (1490), los lares eran llamados por los paganos “duendes”. Para Covarrubias (1611):  



Llamanse los duendes cerca de los latinos geni, larva, lemures, lares y cada nombre destos les competía por los diversos conceptos que dellos tenían, nosotros por esta razón los llamamos dueños de casa, y corrompido el nombre, y truncado decimos duendes.



El padre Benito Remigio Noydeus decía a sus lectores en 1668:



La experiencia enseña que hay demonios que, sin espantar ni fatigar a los hombres (porque Dios no se lo permite ni les da mano para ello), son caseros, familiares y tratables, ocupándose en jugar con las personas y hacerles burlas ridículas. A éstos llamamos comúnmente trasgos o duendes, los franceses los llaman “Guelicos”; los italianos “Farfarelli”, y los gentiles, supersticiosamente, los veneraban por dioses caseros, llamándoles Lares y Penates.



El padre Fuentelapeña en su libro El ente dilucidado (1676) indica la descripción de los duendes por parte de algunos testigos oculares:



1-Tienen figura humana

2-Suelen aparecer con hábitos religiosos.

3-Duermen, pues se les oye de noche y no de día.

4-Se muestran especialmente regocijados con los niños, y no así con los mayores.

5-Los duendes martirizan a los que están dormidos, creándoles pesadillas.

6-Tienen una mano de estopa y otra de hierro, aunque en esta creencia, Fuentelapeña ve una metáfora tomada de que unas veces suelen dar más recios golpes y otras más blandos.

7-Al final nos da una definición de los duendes diciendo que no es otra cosa que un animal invisible, o casi invisible trasteador.



El DRAE 1732 dice de los duendes:



Especie de trasgo o demonio que por infestar ordinariamente las casas se llama así. Puede derivarse este nombre de la palabra “Duar”, que en arábigo vale lo mismo que casa. Parecer un duende: persona que siempre anda escondida, sola o por los rincones, a semejanza de los duendes, que por la mayor parte habitan en las casas los lugares menos frecuentados por la gente. Moneda de duendes: llaman así a las monedas endebles, porque como los duendes, tan apriesa se ven como se esconden, así las monedas de esta calidad desaparecen entre los dedos.



El padre Feijoo (1676-1764) opinaba:



No son ángeles buenos o malos, ni almas separadas de los cuerpos, sino unos espíritus familiares, semejantes a los lemures de los gentiles.



Parece que los antecedentes del duende se hallan en los lares romanos, no solo por las similitudes que nos muestran numerosos autores, sino por etimología, ya que ambas vocablos contienen importantes referencias al hogar o casa familiar.



Los lares: Llamados en singular lar, eran deidades romanas protectoras de los campos, la “tierra de los padres”, de la familia (Lares familiares), de las encrucijadas (Lares viales) o de algunos lugares. Tenían carácter tópico, aunque convenientemente evocados actuaban también contra los enemigos, se creía que protegían las propiedades de la pestilencia y la ruina. Eran venerados ante el fuego doméstico y en la encrucijada donde el domino familiar entraba en contacto con el de los vecinos. En los lararios domésticos, los lares familiares eran representados como jóvenes danzantes que sostienen con una de sus manos una pátera o una sítula sobre la que derraman el vino que sale de un rython agarrado con la otra. Visten la túnica praetexta de los niños y llevan, también como ellos la bulla.



Pero de igual forma que existían los Lares del hogar doméstico, identificados a veces con las almas divinas de los antepasados, y Lares familiares (el Lar familiaris recibía especiales honores del paterfamilias), también la colectividad pública, es decir, el Estado, tenía sus Publici Lares y veneraba de forma particular a los Lares Praetites (protectores) por ser custodios de la ciudad y del hogar público. Su sede estaba en un viejo altar, en lo alto de la Vía Sacra, sobre la ladera del Palatino. El sentido familiar en las áreas menos romanizadas de Hispania se advierte en que los Lares no eran domésticos, sino Lares gentilitates, es decir, de una unidad suprafamiliar. Mercurio era el padre de los lares, mensajero de los dioses (especialmente Júpiter) y que protegía a viajeros y comerciantes. Los dioses lares del emperador Alejandro Severo eran Orfeo, Abraham, Apolonio de Tiana y Jesucristo.



Del noroeste de la Península procede casi una veintena de inscripciones que tienen como común denominador el estar dedicadas a los Lares Viales. Estudiosos diversos han apuntado que bajo esta denominación específicamente latina (los Lares son divinidades protectoras de la casa –Lar Familiar con centro cultual en el hogar-, de las encrucijadas de los campos o de la ciudad, de las murallas de ésta, de los viajes por tierra y mar), pudiera enmascararse un culto a dioses indígenas. Scarlat Lambrino señaló que la introducción en la zona de las deidades latinas se llevaría a cabo a comienzos del siglo II como medio de asimilación de los numina loci. Alarçao, Etienne y Fabre, subrayando el carácter céltico de estas divinidades indígenas, indicaron por su parte que el culto a los Lares habría sido introducido en época flavia, en un proceso que conduciría, desde el preciso sentido religioso que los Lares tenían en la religión romana, a la veneración de unos dioses de contenido ambiguo y función eminentemente protectora –en la línea operada asimismo con Genius, Tutela, Fortuna o Numen-; el análisis de la antroponimia de los dedicantes confirmaría la transición de una sociedad indígena a otra indígena romanizada.



El conjunto de la documentación ha sido también objeto de estudio por parte de Bermejo, quien ha indicado que se trata de dioses indígenas protectores de los caminos, a partir de informaciones literarias como las de Estrabón (3:37: los indígenas exponían a los enfermos en los caminos) o San Martín Dumiense (De correctiones ruticorum 7,17: solían arrojar piedras en determinados puntos de los caminos como ofrenda a un dios que él denomina Mercurio). Pero nos interesa más otras menciones en las que los Lares aparecen acompañados de epítetos indígenas. El conjunto de la documentación, que abarca otra veintena de epígrafes, constituye uno de los ejemplos mas interesantes de interpretatio indígena. Su geografía cultual comprende las regiones portuguesas de Tras-os-Montes, las Beiras, Minho y Douro Litoral, así como las provincias españolas de Orense y Cáceres. Los teónimos aparecen consignados en dativo singular (Sefio, Circeiebaeco, Proeneiacco, Pemaneieco, Patrio, Coutici, Coutioso, Ocaelaego) o en plural (Cairensibus, Cerenaseis, Cusicelensibus, Erredicis, Ostianis, Patriis, Tarmucenbaecis –o Inmucenbaecis- Ceceaecis, Gegeiqis, Amaecis, Aquitibus, Beflacis, Gumelaecuis, Ormonufis, Varicis), presentando los epítetos indígenas carácter tópico.



Pero no faltan las expresiones en genitivo plural indicador del grupo humano al que protegen; así, la mención de los Lares Callaeciarum en una inscripción lucense dedicada por Saturninus, liberto augustal de origen africano, a los Númenes de los Augustos (Septimio Severo, Caracalla y Geta), Juno y Venus, sus propios Dioses Patrios y otras divinidades. La mención a estos Lares indígenas se entiende porque el personaje ejercería el cargo de procurator Asturiae e Callaecia; un ejemplo ilustrativo, pues, de la interesada apertura “política” que caracteriza al sistema religioso romano, que presenta evidencias que, como la de este epígrafe, expresan el culto rendido por militares o funcionarios a los elementos quiciales de la religión pública y a los dioses de sus lugares de origen, pero también a los de las comunidades o zonas en la que desarrollarán sus misiones.



La directa relación entre los Lares y unos determinados grupos familiares queda atestiguada en un par de interesantes inscripciones. Una de ellas hallada en Oliva de Cáparra, Cáceres, se dedica a Laribus Gapeticorum Gentilitatis; la otra, de Conimbriga, menciona a los Lares Lubanci Dovilonicorum horum, es decir, a los “Lares Lubancos de estos Dovilónicos”, de la parte de los Dovilónicos asentada en el lugar de procedencia del epígrafe.



Seres asociados: Para conseguir más información veraz sobre los duendes debemos estudiar otros espíritus que tengan similitudes con ellos, tanto en actividades como en etimologías.



-El follet: Afortunadamente hay un ser típico del levante peninsular y Baleares llamado follet (denominado en tierras valencianas duendo o donyet) que encaja totalmente con lares y duendes. Follet tiene como raíz etimológica bhel-2 (hinchar) e incluye palabras como: fuelle, holgorio (espacio de tiempo en que se deja el trabajo), holgar (jadear), jorgorio (juerga), etc. A menudo se relaciona el follet con el aire ya que se le considera generador de un extraño viento que se hace muy molesto, de hecho en la comarca del Pallars se llama "fullet" a un viento muy fuerte que durante noviembre y diciembre arranca tejas y dobla árboles. El follet es también conocido en el sur de Francia e Italia (folleti). 


En algunas partes el follet es denominado llar de foc (lar de fuego), esa es la razón por la que se cree que viven entre las cenizas de la chimenea. Como vimos anteriormente, es muy antigua la relación entre los lares y el fuego. En la comarca de Lluçanes (Barcelona), cada familia de payeses tenía su follet protector, que cada noche da una vuelta por la casa para comprobar que todo está en perfecto orden, incluso vigila el ganado. En todas las leyendas los follets traen mala suerte a la familia y al ganado si se les maltrata o ignora. Al igual que los duendes, suelen vestir ropas brillantes.



-El etxajaun (señor de la casa) es el duende vasco, normalmente se manifiesta de noche. Son guardianes de la casa y bienhechores, pero como ocurre con los follets, se enfadan bastante si encuentran apagado el fuego del hogar, sucia la vajilla o no se les hace ofrendas.


-El kobold: Otro ser que tiene clara equivalencia con el duende es el kobold (en alemán), kobelos (en griego) o el goblin (en inglés). Todos ellos son el mismo vocablo que procede del alemán kuba-walda (dueño de la casa), siendo la palabra raíz chubisi, vocablo antiguo del alto alemán que significa casa, edificio o choza. Chubisi es semejante al inglés cove o el español "cueva"; raíz keud-2 (hinchar, agujero), del latín cavus (vacío). Nótese que la ráiz etimológica, al igual que la del follet, hace referencia a "hinchar".


El historiador de las religiones Otto Scrader sugirió que la creencia en el kobold deriva de la tradición pagana en deidades domésticas que residían en el fuego de la chimenea. Alternativamente, Nancy Arrowsmith y George Moorse comentaron que la gente creía que los más primitivos kobolds eran espíritus de árboles.


Se acostumbra a tener al kobold alemán por equivalente del lutin románico. Es seguro que estos dos individuos presentan muchos puntos en común, y tanto el uno como el otro sobrevivieron hasta una época reciente en las tradiciones populares; tanto el uno como el otro, en un momento dado de su existencia, fueron genios domésticos. Como el kobold ha sido estudiado muchas veces, simplemente recordaremos algunos puntos interesantes para nuestro tema. La mas antigua aparición del vocablo se encuentra en las glosas del otro lado del Canal de la Mancha, en forma de cofgodas, término que traduce a penates. En si significa “dios de la casa, de la habitación”, pero el plural revela que se trata de una entidad indiferenciada. Los romanos adoraban en sus casas a los dioses penates (de penus "despensa"), espíritus que se encargaban de la abundancia alimentaria de la familia. Se les representaba en forma de pequeñas estatuas a las que se les ofrecía alimentos.



En Alemania, el vocablo aparece hacia el siglo XII con la forma kobold, formado a a partir de kobe, “cuarto”, y el verbo walten, “reinar, dirigir”. Pues bien, en esa época no designa a un ser viviente de la familia de los genios, sino a una figura esculpida en madera o hecha de cera, o sea, una especie de ídolo, a la que en determinados momentos del año se hacían ofrendas de alimentos. Así pues, el kobold remite a la tercera función. Es posible, pero difícil de probar, que los títulos del Indiculus superstitionum (siglo VIII) concernientes a “simulacros hechos de pan” y otros “hechos de harina”, se refieran al ancestro del kobold. No resultaría demasiado asombroso, porque, en la Baja Edad Media, la literatura clerical –penitenciales y catecismos dedicados a los rustici- alude a semejantes ritos propiciatorios.

En opinión del poeta alemán del s.XIII Conrado de Würzburg, los campesinos solían fabricar kobolds con madera y cera (e incluso con raíz de mandrágora), para colocarlos luego en las partes altas de la habitación como diversión. La gente creía que el el kobold vivía en el material con que se fabricaba la figura. Normalmente medían entre 30-60 cm., tenían ropas coloridas y largas bocas. La expresión del s.XVII "reir como un kobold" podría referirse a estas bocas enormes de las figuras. Estas efigies se guardaban en cristal o en recipientes de madera. El mitólogo Jacob Grimm ha señalado que su origen se halla en época romana y que las autoridades eclesiales lo toleraban incluso mucho depués de haber sido cristianizada la población.



Se sabe que el kobold fue totalmente asimilado a los enanos y que incluso dio su nombre al cobalto porque los enanos tienen fama de gobernar el mundo subterráneo. Desde el siglo XVI, al otro lado del Rin, un nuevo nombre de los enanos es “mineros”, en plural Bergleute. La historia del kobold, aquí muy esquematizada, es instructiva: permite comprender como de la realidad –a saber, un culto doméstico que buscaba atraer a la casa la prosperidad- se pasó a temas fabulosos de cuentos populares. Tal fue la suerte de la mayoría de las criaturas del paganismo popular. Abandonaron el ámbito de lo real para entrar en el de las ficciones, pero, mas allá de toda transformación, toda fabulación y toda literarización, prueban la existencia de una cultura precristiana o extracristiana que se mantuvo largo tiempo en medio rural y cuyas huellas afloran un poco por todas partes.



¿Entraron estos individuos en la literatura de diversión porque se empezaba a verlas con distanciamiento y a no creer ya en ellas? Es posible. Pero hay otra explicación igualmente plausible: los poetas pudieron tomar de la realidad algunos temas porque veían el partido que podían sacar de ellos. ¿Y acaso ponerlos en escena en aventuras fabulosas y maravillosas no podía ser un medio de extirpar las creencias correspondientes a estas criaturas, sugiriendo al público que no eran mas que invención? Esta explicación tiene nuestro apoyo, pues descansa sobre una constatación simple: en Alemania, el kobold no se encuentra prácticamente más que en el fabliau, no en la alta literatura.



En el centro de todas las creencias correspondientes a la tercera función, está omnipresente el morir, y todo el resto se articula en torno a esta noción fundamental. ¿No es sugestivo ver que en Noruega se decía que toda granja tenía su genio tutelar, llamado gardsvor, literalmente “el guardián del dominio”? Esta creencia adquiere todo su sentido si la relacionamos con lo que se cuenta en aquel mismo país: un campesino ofende a un genio del lugar (genius loci), y el narrador observa: “No debiera haber hecho eso, pues ese genio es el espíritu del hombre que por primera vez roturó el lugar en el que se alza la casa”.


-El trasgo: No podía faltar el trasgo español. Como vimos y ahora comprobaremos, es el más equiparado al duende por los autores renacentistas.


Según Torquemada (s.XVI):



Los trasgos no son otra cosa que unos demonios más familiares y domésticos que los otros, y así parece que algunos no salen de algunas casas, como si las tuviesen por sus propias moradas, y se dan a sentir en ellas, con algunos estruenos y regocijos, y con muchas burlas, sin hacer daño ninguno: que aunque yo no daré testimonio de haberlo visto, he oído decir a muchas personas de crédito que los oyen tañer con guitarras, y con cascabeles, y que muchas veces responden a los que llaman, y hablan con algunas señales y risas, y golpes.



Para Covarrubias (1611):



El espíritu malo que toma alguna figura humana o la de algún bruto, como es el cabrón, y así pienso de haberse dicho de tragos hircus, o se dijo trasgo a transuertendo, porque dicen que suele revolver las cosas y los cachivaches (trastos) de casa, particularmente los vassares y espeteras. Vide verbo duende. Trastear es andar revolviendo trastos viejos.



Según el DRAE de 1739:



Demonio casero que de ordinario inquieta las casas, particularmente de noche, derribando las mesas y demás trastos, tirando piedras sin ofender con ellas, jugando a los bolos y con otros estruendos aparentes que desvelan a los habitadores. Viene del griego “tragos” que significa “cabrón”, por ser esta forma en la que se les ha visto algunas veces. Comúnmente se llama duende. Latín larva y lemur. Por semejanza se llama al muchacho vivo y enredador. Trasguear es fingir o imitar el ruido, juguetes y zumbas de los duendes o trasgos de cuya voz se forma, tiene poco uso. Trasguero es el que imita o finge las burlas, juguetes o acciones de los trasgos o duendes, es voz inventada y voluntaria.



Para Lisón Tolosana el trasgo tiene los siguientes rasgos en Galicia:



-Maligno y temido.

-Comete excesos principalmente aunque también se asocia a sexo, capricho, burla, travesura, impotencia. Nunca causa pesadillas.

-Como rasgo positivo se le considera alegre y dinámico.

-Se manifiesta principalmente en forma de luces, ruídos o voces. Es nocturno, suele aparecer en forma de crines de caballo, de niño o animales.

-Suele ser visto principalmente en árboles, aunque tambien con menor frecuencia en molinos, ríos, caminos y cocinas.



Un trasgo es en Galicia según algunos lugareños “un gato que crece y crece”, “una sombra negra enorme”, “un cordero enorme”, “vaca enorme”, “hombre alto, alto”, “mujeres enormes”. Según Jesús Rodríguez López (1910), cuando en Galicia se halla pescando un pescador y se posa un pajarito en la cruz de la red llamada vergel, dicen que es el trasgo y augura mucha fortuna en la pesca de aquella noche. Los trasgos no soportan que esté apagado el fuego del hogar. Una de sus bromas favoritas es convertirse en pelotas luminosas y persiguir a los peatones que se encuentran por los caminos al anochecer. 



El origen de la palabra trasgo es dudoso, para Corominas podría tener origen en el antiguo verbo trasgeer (hacer travesuras), aparece en el s.XV. A pesar de que cuadra con las actividades de los trasgos no termina de convencerme. Tras estudiar a fondo al trasgo y su íntima relación con el duende, me decanto por abreviación de la palabra "trashoguero". ¿Qué significa este término tan antiguo? Es una losa o plancha que está detrás del hogar o en la pared de la chimenea, para su resguardo. También es leño grueso o tronco seco que en algunas partes se pone arrimado a la pared en el hogar, para conservar la lumbre. Es formado de la preposición tras y el nombre hogar.



Todos estos datos fragmentarios acercan bastante el trasgo a los duendes y al follet. Es de remarcar su íntima asociación con el fuego, las travesuras infantiles, el hogar y la madera. Me temo que es mismo perro con distinto collar.


 Separando el trigo de la paja: Muchos siglos han transcurrido desde que la palabra "duende" se puso en boga, a esto hay que añadir que la Iglesia cristianizó a los duendes dándoles un papel ridículo y grotesco que nada tenía que ver con los lares romanos ni con sus fines religiosos originales. Hoy día mucha gente cree saber sobre duendes, e incluso publica libros sin tener la más pajolera idea: se habla de duendes de las cuevas, duendes de las montañas, seres elementales ecologistas y otros disparates o vanidades que no vienen al cuento.



En muchas culturas paganas antiguas existieron espíritus del hogar que convivían con la familia, seres espirituales que según cuentan las leyendas colaboraban en las tareas domésticas y a los que se les rendía culto en lugares específicos de las casas (lararios), algunos de estos pueblos enterraban a sus muertos en la misma casa. Es en este campo donde el lector debe buscar información y conexiones con los duendes. En España muchos seres son tildados de duendes sin serlo.



Cuando el paganismo desapareció por completo de la mente de la población, los lares se convirtieron en duendes o fantasmas que ya no recibían culto.Vale la pena apuntar que "casa enduendada" era sinónimo de "casa encantada" en el Renacimiento. Todos hemos oído hablar alguna vez de los fenómenos "polstergeist" (espíritu ruidoso) que se dan en algunas de estas casas. Es curioso observar que los hechos paranormales se repiten en el mismo lugar con el transcurso del tiempo: movimiento de objetos (telequinesia), apariciones, ruídos, voces extrañas, desapariciones misteriosas, etc. La fenomenología se acrecienta e incluso es hostil cuando los intrusos cambian el mobiliario o hacen obras en la casa. No parece gustarle a los duendes que les trastoquen su hogar. 


Actualmente, estos sucesos se asocian habitualmente a espíritus de difuntos que habitaron el lugar en cuestión y que se niegan a abandonar "su" hogar. No es extraño su asociación con los fantasmas, pues en sí mismo el término "duende" se refiere al ser inmaterial que habita una casa la cual tiene por propia, ya sea bueno, malo, niño, anciano, hombre o mujer.  También suele achacarse el encuentro o la acción de estas entidades a extraterrestres o peligrosos demonios, sin embargo un campesino de la Antiguedad o la Edad Media no dudaría en pensar que se trata de alguna "bromita" de un duende o similar.  



Por lo que comentan las leyendas muchos duendes son bromistas y juguetones como niños. Y hablando de niños... En Japón el Zashiki-warashi era el fantasma de un niño, a menudo más travieso que peligroso. Se creía que podía habitar en casas viejas trayendo suerte a sus habitantes, especialmente si éstos eran conscientes y amables con su presencia. En caso contrario traía mala suerte. En todas partes cuecen habas. En definitiva los dioses penates, los lares y los cofgodas (dioses de la cueva) eran difuntos que recibían culto entre los paganos de la antiguedad y la Edad Media. Fue a partir del s.XIII cuando la mayoría de la población, ya cristianizada, dejó de creer en ellos y pasaron a convertirse en duendes, kobolds y almas en pena. Las palabras cambiaron a la misma vez que las creencias.

Astrólogos


Del amplio y variado espectro de la superstición sin duda la astrología y la magia fueron dos de sus principales pilares. Pero no nos equivocaríamos si no tuviéramos presente diferentes niveles cualitativos, tanto en una como en otra, en función no solo de quienes las practicaban y recurrían a ellas, sino también de las diferentes doctrinas de conocimiento. Babilonia fue el primer pueblo en estudiar los astros; los sacerdotes, quizá como supone Diodoro desde los ziggurats, observaban y anotaban los movimientos de las estrellas y, sobre todo, de los planetas. Prácticas astrológicas se dieron entre los asirios, hititas y los habitantes del sur de Arabia. Fue basándose en cálculos astronómicos babilónicos como el filósofo Tales de Mileto, que pudo predecir un eclipse de sol en el año 585 a.C. Algo más tarde, a partir del siglo VI, cuando el estudio de los planetas había progresado considerablemente, las constelaciones comenzaron a ser aplicadas a los temas de genitura individual. El círculo de los doce signos del zodiaco fue elaborado a partir de ciertas constelaciones que los babilonios conocían ya en el siglo V. En este sentido, conviene recordar que el primer horóscopo conservado sobre una tablilla cuneiforme data solo del año 410 a.C.

Pero fue en época helenística y gracias a la astronomía matemática de los griegos cuando comienzan a ser perfeccionadas las previsiones astrológicas de los sacerdotes babilonios, los célebres “caldeos”. Es en este nuevo periodo cuando encontramos los primeros textos astrológicos propiamente dichos. El sacerdote caldeo Berosio, según las fuentes, había fundado en la isla de Cos (famosa por su escuela de medicina), en época de Antíoco I, una escuela astrológica donde se formaron figuras tan destacadas como Antipater de Tarso o Atenodoro. Evidentemente no podemos considerar a Berosio como el único sabio que transmitió al mundo helénico esta parcela de la ciencia babilónica. También Epigenes, Apolonio de Myndos o Critodemo fueron celebrados por haber impulsado estas enseñanzas. Pero a este triunfo contribuyeron, en no poca medida, las escuelas astrológicas egipcias. Procedente del Oriente, la astrología asumió en este país algunas formas muy peculiares, como los 36 decanos (el decano era un tercio de signo, equivalente a diez grados del zodiaco) o la Sphera Barbarica. No faltaron filósofos griegos que, llegados de Egipto, se interesaron por la ciencia astrológica, como Eudoxo de Cnido o, en época helenística, Hecateo de Abdera. En el siglo III Alejandría, capital de las ciencias, era ya foco de atención de los astrólogos de la época.

En el siglo II a.C. circulaba por Egipto una compilación atribuida popularmente al sacerdote Pétosiris y al rey Néchepso y que contenía elementos de una astrología “hermética”, así llamada pues Hermes-Tot, el Trismegisto, reclamaba para sí el honor de haber revelado a los hombres la matemática sideral. Sin embargo, debemos de considerar también algunos factores que propiciaron el triunfo de la astrología en época helenística como, por ejemplo, la teosofía astral elaborada desde los tiempos de Platón. En el Timeo se califica a los astros de “dioses visibles” dotados por el demiurgo de alma; en el Fedro el “ejército de los doce dioses” no es sino una alusión al zodiaco, lo mismo que, en Las Leyes, la división de la ciudad en doce partes. El interés de la Academia por la astrología no decayó después de Platón; Filipo de Oponto, autor de Epinomis, o Hermodoros con su obra Peri mathemáton así lo ponen de manifiesto.

Uno de los ámbitos donde la astrología fue aplicada con mayor frecuencia fue el político y militar. Las fuentes tardías pretenden que Filipo y Olimpia, los padres de Alejandro, recurrieron a los servicios de un astrólogo egipcio. Nectanebo, quien indicó el momento preciso en el que debía producirse el nacimiento para que el recien nacido tuviera un espléndido futuro. También relatan como tras la invasión de Persia, los caldeos mostraron su buena disposición hacia Alejandro a cuyo servicio pusieron sus poderes adivinatorios. Sin embargo, esas mismas fuentes también ponen de manifiesto el conflicto entre el racionalismo griego, representado entre otros por el filósofo Anaxarco, y el sacerdocio babilónico. Diodoro (XVII, 112 ss.) describe la polémica de la siguiente forma:

Cuando Alejandro oyó de Nearco la profecía de los caldeos, se asustó, y cuando más reflexionaba sobre la sagacidad y la reputación de estos hombres, más se acongojaba su alma. Terminó por enviar a la mayor parte de sus amigos a la ciudad, mientras él evitaba alcanzar Babilonia, tomando un camino a través, y acampó sus fuerzas a unos doscientos estadios, y se mantuvo allí quieto. Todos se extrañaban y muchos griegos acudieron a visitarle, y entre otros el filósofo Anaxarco y sus amigos. Al conocer éstos el motivo de esta acción, recurrieron a sus razonamientos filosóficos y lograron hacerle cambiar de opinión totalmente, de suerte que despreciaba toda arte adivinatoria y en especial la que gozaba de mayor estima por parte de los caldeos (Diodoro XVII, 112. 4-5).

No obstante es difícil saber con seguridad hasta qué punto merece crédito este tipo de relatos. Desde luego no debieron ser pocas las leyendas de contenido mágico y astrológico que rodearon a Alejandro y sabemos que, quizá por ello, el emperador Septimio Severo (193-211 d.C.) ordenó depositar una importante colección de escritos mágicos en la tumba de Alejandro, que fue abierta a tal efecto. Durante la época de los diádocos, la influencia de los astrólogos fue en continuo aumento. Antígono y Seleuco recurrieron a ellos en sus enfrentamientos, según nos dice Diodoro. Seleuco les consultó también durante la fundación de la ciudad de Seleuceia, no lejos de Babilonia, lo que debió ser considerado por los astrólogos como una amenaza para su ciudad y trataron por ello de impedir. Solo cuando el monarca les garantizó su inmunidad, le respondieron:

La suerte fijada por el destino, rey, sea para mal o para bien, no es posible que hombre o ciudad alguna la cambie. Existe un destino para las ciudades igual que para los hombres. Y los dioses decidieron que esta ciudad perdure durante largo tiempo, ya que fue empezada a la hora en que empezó (Apiano, Syr., 58).

En el relato de Apiano no es difícil reconocer algunos rasgos legendarios e incluso novelescos destinados quizá a poner de manifiesto el respeto de los seléucidas por el clero babilonio. Pero estas palabras reflejan muy bien el fatalismo astrológico que regía no solo la vida del hombre, sino también la existencia de las ciudades. Estos “horóscopos de la ciudad” circularon de forma particularmente intensa a finales del periodo helenístico. Cabría citar, por ejemplo, el estudio astrológico de Lucio Tarucio (amigo de Cicerón), Chaldaeicis rationibus eruditus, según el cual la fundación de la ciudad de Roma por Rómulo se había producido mientras la luna se encontraba en la constelación de Libra. El interés de los gobernantes de la época por la astrología queda puesto de manifiesto en las acuñaciones monetales (especialmente en Alejandría y en las cecas de Siria), donde con frecuencia aparecen símbolos zodiacales o planetarios. También la arquitectura y la pintura lo reflejan; los Ptolomeos ordenaron reproducir en los muros de los templos de Esna y Dendera las constelaciones zodiacales.

En otros estados helenísticos se percibe esa misma influencia. Uno de los más estrechos colaboradores de Atalo I, el “adivino caldeo” Sudines, cuyos tratados astrológicos eran consultados aún cuatrocientos años después por Vettius Valens, participó junto al monarca en la guerra contra los gálatas (240 a.C.). En Nemrud-Dagh, en el pequeño reino de Commagene, fue hallado en un monumento sepulcral un bajorrelieve (de 1,70 de alto x 2,40 de largo) que representa a un león constelado que muestra el creciente lunar y tres planetas. Unos han considerado que se refiere al horóscopo del rey Antíoco I de Commagene (muerto en el año 34 a.C.), mientras otros creen que se refiere a la fecha de su coronación. En opinión de O. Neugebauer y H. B. van Hoesen (en su obra Greek Horoscopes), se trataría en cualquier caso del primer horóscopo griego conservado, que ellos datan en el año 61 a.C. La irrupción de la astrología en el pensamiento griego se manifiesta en los debates de que fue objeto por parte de las principales escuelas filosóficas de época helenística. Hemos de tener presente que la astrología no era solamente un método adivinatorio, sino que implicaba una concepción religiosa del universo y así, los libros herméticos a los que antes aludíamos constituían una completa teología revelada por los dioses.

Todo parece indicar que fue Zenón, fundador de la doctrina estoica, uno de los primeros defensores de la astrología. Dicha escuela acabaría siendo la que en mayor medida justificó la validez de esta ciencia, como se puso particularmente de relieve en los numerosos tratados del estoico Posidonio de Aparmea (130-50 a.C.). Por su parte, la literatura helenística nos ha dejado los Fenómenos de Arato (310-240 a.C.), un poema astrológico de extraordinaria popularidad y poderosa influencia aún en época romana, como se desprende de las numerosas traducciones y comentarios realizados hasta la época árabe. Merecen recordarse, en este sentido, las traducciones latinas de Varrón, Cicerón y Germánico (sobrino e hijo adoptivo del emperador Tiberio) o el de astris de Julio César, inspirado en él. También el célebre poema de Manilio (Astronomica) es deudora de la obra de Arato. Arato fue discípulo de Beroso en la isla de Cos, estableciéndose hacia el año 291 a.C. en Atenas, donde frecuentó la escuela peripatética de los discípulos de Aristóteles y, sobre todo, el círculo de Zenón; sin duda Arato encontró en el destino del credo estoico un excelente apoyo filosófico para el fatalismo astrológico en el que ya se había formado. Desde Atenas se dirigió a la corte del monarca macedónico Antigono Gonatas, siendo bajo su mecenazgo (276 a.C.) cuando compuso sus Phaenomena a partir del tratado del mismo título de Eudoxo.

La obra de Arato no está desprovista, por su enfoque estoico, de un contenido religioso: un Zeus benevolente y compasivo está, desde el proemio, continuamente presente en ella:

Comencemos por Zeus, a quien jamás los humanos dejemos sin nombrar. Llenos están de Zeus todos los caminos, todas las asambleas de los hombres, lleno está el mar y los puertos. En todas las circunstancias, pues, estamos todos necesitados de Zeus. Pues también somos descendencia suya. Él, bondadoso con los hombres, les envía señales favorables; estimula a los pueblos al trabajo recordándoles que hay que ganarse el sustento; les dice cuándo el labrantío está en mejores condiciones para los bueyes y para el arado, y cuándo tienen lugar las estaciones propicias para plantar las plantas así como para sembrar toda clase de semillas. Pues él mismo estableció las señales en el cielo tras distinguir las constelaciones, y se ha previsto para el curso del año estrellas que señalen con exactitud a los humanos la sucesión de las estaciones, para que todo crezca a un ritmo continuo. A él siempre lo adoran al principio y al final. ¡Salud, padre, prodigio infinito, inagotable recurso para los hombres, salud a ti y a la primera generación! (Arato, Phaenomena. 1-17).

No faltaron, fuera de los círculos estoicos, otros apoyos a la astrología científica. Un astrónomo tan destacado como Hiparco de Nicea (siglo II a.C.), comentarista, por cierto, de la obra de Aratos, consideraba que los astros no eran solo objeto de conocimiento racional, sino también medio de conocimiento irracional y creía –en una línea de pensamiento aparentemente platónica- que las almas humanas eran partículas de fuego celeste.

La astrología llegó a Roma ya en época helenística favorecida por el creciente interés que despertaba la ciencia griega. Ennio cita en una de sus obras a los astrólogos (junto a otros adivinos), pocos años antes de que el pretor peregrino Cn. Cornelio Hispalo ordenara, mediante un edicto, expulsarlos de Roma e Italia en un plazo de diez días (139 a.C.). Pero hubo dos factores que contribuyeron en Roma a su rápida propagación. El primero de ellos fue el apoyo prestado por la filosofía estoica a esta disciplina; cada individuo es, a pequeña escala, un modelo del universo y los fenómenos celestes se dirigen al hombre para que éste pueda leer su futuro. La obra –ya citada- de Posidinio de Apamea (135-51 a.C.), autor de cinco libros sobre astología, parece haber sido determinante en esa colaboración. Sabemos por el fr. 85 que el sabio griego visitó Gadir para estudiar el fenómeno de las mareas interesado por la influencia de los cuerpos celestes sobre la tierra. No se tardó, pues, en contar con un respaldo científico a la teoría de que el cielo humano estaba, de la misma forma, sometido a la influencia astral.

Pero también la aristocracia romana se interesó a finales de la República por la astrología. Sila no dudó en incluir en sus Memorias las predicciones de los caldeos, y Cicerón recuerda en el De Divinatione (II, 47) las falsas profecías de los astrólogos sobre la muerte de Pompeyo, Craso y César. No obstante la influencia de esta disciplina era, en el último siglo republicano, pese al interés de Varrón o Nigidio Fígulo, bastante limitada; el término mathematicus está ausente aún de la correspondencia de Cicerón que solo cita el de astrologus en una ocasión. Es probable, pues, que ese interés por la astrología se haya centrado, inicialmente, más en su vertiente académica que práctica.

La situación comenzó a cambiar considerablemente a partir de la época augústea. Muchos de los familiares y amigos del círculo de Augusto estuvieron interesados por esta materia; algunos de ellos creían firmemente que su destino estaba determinado por las estrellas que dominaban en la hora del nacimiento. Si analizamos la poesía de Horacio, Propercio u Ovidio encontraremos gran cantidad de alusiones a términos o conceptos astrológicos. En una de sus Odas, Horacio hace mención de la similitud entre su horóscopo y el de su amigo Mecenas; los dos, en distintas ocasiones, escaparon al peligro de la muerte y sabemos que, pocos meses después de morir Mecenas, en el año 8 a.C., moría también Horacio:

Me mire Libra o bien el formidable Escorpión como signo dominante de mi hora natal o el tirano de la onda esperia que es Capricornio nuestros astros conciértanse de modo increíble: a ti Jove el refulgente te tuteló contra Saturno el cruel y tardas hizo las alas de Hado cuando el teatro llenó el pueblo tres veces con su aplauso crepitante (Odas II, 18, 17-24).

Propercio, utilizando tecnicismos difícilmente inteligibles para los profanos, presenta en una de sus Elegías al astrólogo babilonio Horo:

Cosas ciertas te diré, con firmes pruebas, y si no, soy astrólogo que no sabe hacer girar las estrellas en la esfera broncínea. A mí, que soy Horo, me ha engendrado Orope babilonio, descendiente de Arquitas, linaje que se remonta a nuestro antepasado Conón... Ahora han hecho de los dioses medio de lucro y la órbita oblicua, y del jovial astro del padre de los dioses y del violento Marte, y del de Saturno que amenaza cualquier cabeza; de lo que provocan los Peces y la constelación animosa del León, y el Capricornio, bañado en el agua Hesperia (Iva, 1, 75-85).

No tardarán en ir surgiendo, en las primeras décadas del siglo I d.C. los primeros tratados latinos de astrología, como las Astronómicas de Manilio, ni faltarán traducciones de la obra de Aratos, como la de Germánico. Pero quizá fue la creciente colaboración de los astrólogos con Augusto lo que mejor explique el impulso de esta disciplina. Algo antes de llegar al poder, cuenta Suetonio:

Durante el periodo de su reclusión en Apolonia, subió Augusto un día con Agripa al observatorio del astrólogo Teágenes, el cual prometió a este último –había sido el primero en consultarle- grandes bienaventuranzas casi increíbles; Augusto, temeroso de verse humillado si su horóscopo resultaba menos brillante, guardaba silencio obstinadamente sobre la hora de su nacimiento y se negaba a darla a conocer. A la postre, después de muchos ruegos, facilitó a desgana y vacilando los datos que le pedían y, al punto, Teógenes se levantó de un salto y se postró a sus pies. A partir de este momento tuvo Augusto tanta confianza en su destino que hizo publicar su horócopo y acuñar monedas de plata con la efigie de la constelación de Capricornio, bajo la cual había nacido (Suetonio, Augusto, 94, 12).

Augusto, al margen de sus convicciones personales, no dejó desde entonces de hacer uso de su horóscopo con fines partidistas o políticos. Aún en el año 11 d.C., cuando todos pensaban que su muerte era inminente, hizo publicar una predicción astrológica que anunciaba que aún viviría muchos años más (Dión Casio LVI, 25, 5), Sus sucesores mantuvieron la costumbre de las consultas astrológicas, haciéndolas cada vez más regulares. Bajo el gobierno de Tiberio, el astrólogo Trasilo, amigo personal del emperador, asume una influencia creciente. Nacido en Alejandría, se estableció en Rodas (donde conoció a Tiberio) antes de llegar a la corte imperial. Casado con una princesa de Commagene, su hijo, Balbilo, astrólogo también, fue frecuentemente consultado por Claudio y Nerón, siendo recompensado con el rango ecuestre por los servicios prestados. Una de las nietas de Trasilo, Ennia, llegó a casarse con Macro, prefecto del pretorio y uno de sus nietos alcanzó el consulado en el año 100. La activa presencia de los astrólogos en la corte imperial alimentó las ambiciones de poder de las principales familias de la aristocracia romana y pronto los emperadores fueron objeto de todo tipo de especulaciones, especialmente en torno a su muerte. Tácito dice del retiro de Tiberio:

Decían los entendidos en astrología que Tiberio había salido de Roma en una fase de las estrellas tal que le impediría el regreso; ello fue la causa de la perdición de muchos, que se dedicaron a conjeturarle un rápido final de su vida y a divulgarlo (Tácito, Anales IV, 56).

De igual forma, Calígula recibió del astrólogo Sulla el anuncio de su muerte. Tanto Nerón, como su madre Agripina, recurrieron tempranamente a la colaboración de los astrólogos. Sabemos que cuando agonizaba el emperador Claudio (54 d.C.), Agripina esperaba, según Tácito (Anales, XII, 68, 3) que llegara el momento indicado “por la prescripción de los adivinos caldeos”. La muerte del emperador fue dada oficialmente a conocer varias horas después de que ésta se hubiera producido con el fin de que la proclamación del nuevo emperador tuviera lugar en el momento más propicio de la conjunción planetaria, lo que tuvo lugar al mediodía del 13 de octubre del 54. La confianza depositada en el hijo de Trasilo llegó hasta el siguiente extremo, según Suetonio:

Durante varias noches consecutivas se había dejado ver un cometa, astro que según la opinión del vulgo anuncia un fin cercano a la suprema jerarquía. Inquietado por esta aparición, tan pronto como el astrólogo Balbilo le informó que los reyes acostumbraban a conjurar tales presagios con alguna muerte muy sonada y a desviarlos de su persona para que vayan a dar sobre la cabeza de los próceres, destinó a la muerte a los ciudadanos más conspicuos (Suetonio, Nerón, 36).

Tiempo después, los astrólogos informaron al emperador que llegaría un día en que sería destituido del poder, y a su madre, Agripina, de que su hijo la mataría. Las consultas astrológicas de la familia imperial y de destacados miembros de la administración y del ejército para conocer su futuro y el del emperador, eran continuas. Tácito (Historias I, 22) dice que “la intimidad de Popea había cogido a muchos astrólogos, pésimo ajuar del matrimonio de un príncipe”, y señala también que uno de ellos, llamado Tolomeo, compañero de Otón en Hispania, le había asegurado que sobreviviría a Nerón. Más adelante, al ver cumplida la predicción, le convenció de que estaba llamado al Imperio y que debía marchar contra Galba.

Los Flavios mantuvieron la costumbre de los emperadores julio-claudios de rodearse de astrólogos; Vespasiano mantuvo a su lado a Babilo, el consejero de Nerón. Suetonio (Tito, 9, 2-3), dice de Tito que cuando los astrólogos le presentaron los horóscopos de dos patricios que conspiraban contra él, el propio emperador dedujo de su examen el peligro que se cernía sobre ellos. Por último, Domiciano que, como Tiberio, examinaba los días y las horas del nacimiento de los principales ciudadanos en un ridículo intento de eliminar a sus sucesores, ordenó ejecutar a Mettius Pompusianus del que se conocía en Roma su genitura imperial. También mandó matar al astrólogo Ascletarión, acusado probablemente de haber anunciado la muerte del emperador; las circunstancias son narradas por Suetonio (Domiciano, 15). Siendo joven, los astrólogos habían pronosticado a Domiciano el año y el día último de su vida así como la forma en que debía morir. Pero es probable que él mismo no careciera de conocimientos sobre la disciplina astrológica. La víspera del día en que fue asesinado, durante un banquete, afirmó que a la mañana siguiente la luna se cubriría de sangre al pasar por el signo de Acuario y que se produciría un hecho de tal magnitud que todos los hombres hablarían del él.

En realidad, la astrología fue una materia común en la formación de los futuros emperadores. La Historia Augusta (Adriano, 16) dice de Adriano que se creyó tan entendido en astrología que el día 1 de enero por la noche había escrito ya aquello podía ocurrirle a lo largo del año. R. Turcan demostró en un trabajo que la fundación del templo de Venus y Roma por Adriano (21 de abril del 128 d.C.) tuvo lugar conforme a cálculos astrológicos. Lo mismo cabe decir para los emperadores de la dinastía severiana. Su fundador, Septimio Severo, era, según la Historia Augusta, un experto en astrología. Siendo todavía legado de legión y deseando contraer matrimonio en segundas nupcias, investigó los horóscopos de las posibles candidatas. Cuando oyó que en Siria había una mujer –Julia Domna- cuyo horóscopo predecía que se casaría con un soberano la pidió por esposa. Como en el pasado, también Caracalla ordenó varias ejecuciones tras consultar –dice Dión Casio LXXVIII, 2- los diagramas de las posiciones siderales. Alejandro Severo fundó cátedras de astrología, retribuidas por el Estado en un intento de impulsar dicha práctica al tiempo, quizá, de someterla bajo el control oficial.

Los peligros que para la estabilidad política o la continuidad dinástica suponían las consultas astrológicas (especialmente aquéllas sobre la salud o el futuro del emperador), explican que muy tempranamente el Estado romano las haya equiparado al crimen de maiestas. Ya en el año 33 a.C., según sabemos por Dión Casio, Agripa ordenó expulsar de la ciudad a los astrólogos y magos y, algunos años después (11 d.C.) el propio Augusto prohibió las consultas a puerta cerrada a cualquier clase de adivino, sobre la muerte de una persona y, desde luego, sobre el futuro del princeps. En el año 15 d.C. como consecuencia de la represión de la conspiración de Escribonio Libon, Tiberio dio orden de expulsar de Italia a todos los astrólogos y magos; uno de ello, L. Pituanius, fue arrojado desde la roca Tarpeya.

Pero dicho senatusconsultum no debió ser totalmente efectivo, pues incluso aquellos que habían sido expulsados fueron con frecuencia consultados por correspondencia; Tácito menciona los nombres de algunos ilustres astrólogos en el exilio, como Pammenes, Anteyo, Ostorio y Escápula, estos dos últimos denunciados ante Nerón por escrutar el destino del príncipe. De hecho sabemos que, a partir del principado de Tiberio, miembros de la familia julio-claudia y, en general, de la aristocracia romana consultaron más asiduamente aún a los astrólogos. Cramer cree que dichas consultas formaban parte de la “conversión” de la nobleza romana a la fe en la astrología fatalista. Es evidente que los motivos de dichas consultas podían ser muy variados. Las decisiones políticas más importantes eran tomadas en secreto por el emperador aconsejado por su consilium y los astrólogos podían suplir esa falta de información. Pero en general, más que las curiositas, fueron las ambiciones y los intereses personales los que primaron en ellas.

Emilia Lépida fue la primera mujer conocida de la aristocracia romana que, al consultar a los astrólogos, se vio involucrada –quizá por violar el edicto del año 11 d.C.- en un juicio de maiestas; en el año 20 d.C., fue acusada de “especulaciones por medio de adivinos caldeos contra la casa del César” (Tácito, Anales, III, 22) siendo declarada culpable y enviada al exilio. El interés de dicha consulta era evidentemente de carácter político; de aquí que algunos autores hayan creído que Emilia consultara a los caldeos pensando en su hermano Mario Lépido al que Augusto llegó a considerar un firme candidato al Imperio. A este juicio siguió, bajo el gobierno de Claudio, el de Lolia Paulina, otra mujer de gran fortuna, perteneciente a la nobleza romana y casada en el año 38 d.C. con Calígula. En el año 48 d.C., fue acusada por Agripina (que según Tácito había sido su rival en el matrimonio del emperador Claudio) de haber tenido tratos con caldeos y magos y haber consultado el oráculo de Apolo Clario acerca de las nupcias imperiales. Dado que el matrimonio del emperador Claudio afectaba, como es evidente, a su propio futuro, fue hallada culpable siendo desterrada de Italia tras habérsele confiscado sus bienes. Lo más sorprendente es que Agripina (hermana de Calígula, esposa de Claudio y madre de Nerón) denunciara a Paulina por llevar a cabo dichas prácticas, cuando sabemos por las mismas fuentes que ella recurría con frecuencia a las consultas astrológicas sobre el futuro de los miembros de la casa imperial.

Fue ella, probablemente –como sugirió J.P. Martín-, la que mostró a su hijo las ventajas de servirse políticamente de la astrología y, desde luego, quien le dio maestros y pedagogos de origen griego y oriental impregnados de conocimientos astrológicos; merece recordarse, por ejemplo, los nombres de Chaeremon, uno de los más reputados astrólogos de la época y del mencionado Balbilo. Éste, según J. Gagé, fue quien en el año 41 d.C. profetizó a Agripina el destino político de su hijo, recibiendo por sus servicios la prefectura de Egipto. Por lo demás, Séneca asegura que los astrólogos predecían a cada instante la muerte de Claudio. En el año 52 d.C. Furio Camilo Escriboniano fue desterrado por haber consultado a los caldeos sobre el fin de Nerón. La tradicional enemistad entre la familia Julio-Claudia y la de los Camilos Escribonianos explica quizá la consulta de Furio Camilo y de su madre, Vibia, desterrada con anterioridad tras la ejecución de su marido.

Del peligro de estas consultas y la proliferación de los astrólogos en Roma es significativo el hecho de que en aquel mismo año el Senado ordenara una nueva expulsión de los astrólogos mediante un decreto que Tácito, cargado de razón, califica de “tan riguroso como inútil” (Anales XII, 52). El apoyo prestado por los astrólogos a Otón durante las guerras civiles del 68/69 explica el enfrentamiento entre su sucesor, Vitelio y estos adivinos:

Sin embargo no se mostró Vitelio con nadie tan inexorable como con los bufones y los astrólogos; bastaba una simple denuncia para que en seguida los sancionara con la última pena sin permitirles defenderse, exacerbado porque, a raíz de un edicto por el que disponía que los astrólogos debían abandonar Roma e Italia antes de las calendas de octubre, apareció fijado en las paredes el siguiente pasquín: “También los astrólogos decretan en bien del Estado que Vitelio Germánico no se halle en ninguna parte en el citado día de las calendas (Suetonio, Vitelio 14, 4).

Las expulsiones continuaron bajo los emperadores flavios. Vespasiano, que tenía sus propios astrólogos, no permitió que los demás les consultasen y su hijo Domiciano no los desterró de Roma en compañía de los filósofos. En suma, desde el año 33 a.C. hasta el 93 d.C. se produjeron más de diez expulsiones, y de los 14 juicios celebrados durante el Alto Imperio por consultas a los adivinos sobre el futuro del emperador, seis de ellos implicaban a astrólogos. J.P. Martín demostró que la estabilidad y continuidad dinástica de los Antoninos pudo haber sido decisiva para que disminuyeran sensiblemente el número de consultas sobre el futuro o la sucesión del emperador. De aquí que muchos autores consideren que el clima de inestabilidad política favorecida por los astrólogos concluye con Domiciano.

Nos hemos referido hasta aquí a la astrología y los astrólogos a los que recurría la alta sociedad romana. Juvenal describe con gran acierto a qué tipo de astrólogo consultaban las mujeres aristócratas o ricas:

El principal de ellos es el que ha sufrido más destierros... La fidelidad de su arte depende de si sus manos estuvieran atadas y haya permanecido largo tiempo en la cárcel de los campamentos. Ningún astrólogo que no haya sufrido condena tendrá talento... (Juvenal, Sátiras VI, 33 ss).

Quedan excluidos, pues, los muchos “caldeos” o “matemáticos” que, presumiendo de conocimientos astrológicos, ofrecían sus servicios de forma itinerante a la plebe. Los motivos por los que la gente común interrogaba a estos astrólogos eran bien diferentes de los que hasta ahora hemos examinado:

A éste pregunta tú Tanaquil, sobre la lenta muerte de su madre enferma de ictericia; pero ante todo de ti [del marido] y cuándo enterrará a su hermana y a sus tíos, y si le sobrevivirá su adúltero amante. ¿Pueden los dioses darle algo más? Estás, sin embargo, ignoran la amenaza que les manifiesta el siniestro planeta Saturno, y en qué conjunción se muestra Venus propicia, en qué nos resulta perjudicial, y en qué tiempo hay mayor oportunidad para el lucro. Acuérdate de evitar el encuentro con aquella en cuyas manos ves un calendario ya muy ajado, como pingües bolas de ámbar que ya no no consulta nadie, sino que empieza a ser consultada, que cuando su marido se dirige a los campamentos o a la patria no irá junto a él, entretenida por los cálculos de Trasilo (Sátiras, VI, 553 ss).

Tras la sátira de los versos de Juvenal se esconden los principales motivos de las consultas astrológicas populares: el matrimonio y, sobre todo, el futuro de la familia, las enfermedades y la muerte. Pero Bouche-Leclercq está en lo cierto cuando considera que en muchas ocasiones la divinandi curiositas respondía también a motivos económicos (como, por ejemplo, al deseo de conocer el momento de recibir una herencia). Ammiano Marcelino, en un retrato que recuerda mucho al de Juvenal, describe a un rico matrimonio que decide hacer testamento no sin antes recurrir previamente a los astrólogos para que les revelasen lo que esperaba a ambos antes de morir (Ammiano Marcelino XXVIII, 4, 26).

Un lugar especialmente proclive para las consultas astrológicas, al menos ya en el Bajo Imperio, fue el circo. Desde el estudio de P. Wuilleumier conocemos las relaciones simbólicas que los romanos establecieron entre las cuatro facciones (identificadas por sus colores) y las estaciones del año, los elementos y los dioses. Así, el verde evocaba la primavera, la tierra, y sus flores, la diosa Venus; el rojo el verano, el fuego, el dios Marte; el azul el otoño, el aire del cielo o el agua del mar, Saturno o Neptuno; el blanco el invierno, el aire y los vientos céfiros, Júpiter. El hipódromo era concebido como un mundo en miniatura: la arena simbolizaba la tierra, como el euripus (fosa cubierta de agua que rodeaba el Circo Máximo), el mar; el obelisco, situado en el centro, estaba consagrado al sol; el circo mismo forma un círculo como el año; las doce puertas de las carceres, los doce meses del año; cada carrera se compone de siete vueltas como los siete días de la semana; las veinticuatro carreras de cada fiesta se corresponden con el mismo número de horas del día. Ello explica las continuas menciones –desde Cicerón- de astrólogos en las inmediaciones del circo, siendo los aurigas y los espectadores, deseosos de conocer la suerte de la carrera, sus mejores clientes. De igual forma que, al nacer un niño, los astrólogos se tomaban cierto tiempo para hacer sus cálculos antes de revelar a los padres su futuro, cuando los aurigas subían a los carros realizaban en breves minutos el horóscopo que descubría al equipo ganador.

Teniendo presente la distinción entre quienes cultivaron la “ciencia” de la astrología y quienes la explotaron económicamente, conviene señalar que los astrólogos romanos nunca llegaron a destacar, eclipsados por sus colegas orientales. Incluso los tratados sobre astrología que se divulgaron en el Imperio eran casi todos ellos de origen griego, egipcio o sirio. Merece subrayarse el auge que en el siglo II d.C. tuvieron ciertas compilaciones como los Apotelesmata de Pseudo-Manetón, las Antologías de Vettius Valens y, sobre todo, los Tetrabiblos de Claudio Ptolomeo. Esta última fue decisiva como demuestra el hecho de que siendo escrita en la Alejandría de finales del siglo II d.C., el sistema astrológico propuesto en ella por Ptolomeo tuviera vigencia hasta el siglo XVI. La obra apoya la astrología sobre un sistema de precisas correspondencias geométricas, derivándola de una serie de deducciones lógicas. Lo más destacado es el esfuerzo de los Tetrabiblos por distinguir la astrología de la astronomía: Ptolomeo rechaza la astrología de su tiempo, esotérica y ocultista, impartida por charlatanes incompetentes y la rehabilita esclareciendo la naturaleza de sus sincronías, rectificando y sistematizándola bajo nuevos presupuestos.

En su planteamiento general divide la astrología en “universal” y “genetliaca” o “individual”; nada hay que no sea determinable en la vida de los hombres (sexo, salud, carácter, duración de la vida, etc.) a condición de establecer con precisión y exactitud el momento del nacimiento. En este sentido Ptolomeo reconoce que la influencia astral se ejerce sobre el semen, sobre el embrión y sobre el feto; pero será definitivamente la naturaleza la que dará impulso al parto solo cuando las condiciones celestes sean parcialmente similares a las de la concepción. La importancia del momento del parto es claramente puesta de manifiesto en el siguiente pasaje:

Si bien se puede definir un origen del hombre primario y otro secundario, solo en relación al tiempo la importancia del nacimiento es secundario, pero en sustancia éste es igual e incluso mayor respecto a la concepción... La criatura, en el momento del nacimiento, adquiere muchos elementos que antes, en el vientre de la madre, no tenía, los caracteres típicos de la naturaleza humana, como la posición erecta del cuerpo (Tetrabiblos III, 2, 20 ss).

Aún en el siglo IV d.C., antes de convertirse al cristianismo, Fírmico Materno defendía en su Mathesis la “simpatía” profunda entre el microcosmos humano y el macrocosmos en torno a él. No obstante, también existieron durante el Imperio firmes detractores de la astrología, como los epicúreos (por considerar que se trataba de un duelo entre razón e ilusión) o los propios cristianos (que aun creyendo en el poder de los astros afirmaban que Cristo era incluso más poderoso). Fuera de esos grupos, un autor como el médico Sexto Empírico, cuyo acmé podemos situar entre los años 180-190 d.C., denunció en su tratado Contra la Astrología, la imposibilidad de determinar el horóscopo en el momento de la concepción o del nacimiento, tal y como pretendían, según hemos visto, las distintas escuelas astrológicas.

La medicina, dice en él, ignora el instante preciso de la concepción del hombre tanto por el comportamiento diverso del semen como por la diversidad de las funciones fisiológicas femeninas y, por consiguiente, resulta imposible determinar cualquier previsión de futuro basada en ese instante. De igual forma critica la posibilidad de que pueda establecerse el horóscopo tomando como base el parto, bien porque no existe acuerdo sobre el hecho que lo marca, bien porque tal acontecimiento está sujeto a una multiplicidad imponderable de circunstancias que él enumera. La obra de W. Gundel, Astrologumena, encargada para el Handbuch der Altertumswissenshaft y continuada por su hijo H. G. Gundel, da una idea de la rica y abundante literatura astrológica, de origen griego o greco-oriental, que fue conocida durante el Imperio.

Jámblico opina sobre la astrología en su obra “Sobre los misterios egipcios”:

Respecto a la astrología responderemos que ella es verdadera, pero que quienes vacilan sobre ella, puesto que no saben nada verdadero, se le oponen. Esto no le acaece a ella sola, sino incluso a todas las ciencias transmitidas por los dioses a los hombres; con el paso del tiempo, al mezclarse con frecuencia con muchos elementos humanos, se desvanece el carácter divino del conocimiento.

Ciertamente es posible, aunque sea un poco, es, sin embargo posible que estas ciencias preserven una prueba clara de la verdad. Pues incluso los signos del cálculo de los ciclos divinos resultan claros a los ojos cuando indican los eclipses de sol y de luna y las conjunciones de la luna con las estrellas fijas, y la experiencia de la vista concuerda evidentemente con los signos precursores. Y, por otro lado, las observaciones de los fenómenos celestes conservados a lo largo de los tiempos entre los caldeos y entre nosotros testimonian la verdad de esta ciencia. Se podrían aducir pruebas aún más patentes, si nuestra argumentación versara principalmente sobre este tema.

En época visigoda, los astrólogos no fueron condenados en ningún concilio ni en el Fuero juzgo (al contrario que otros tipos de adivinadores), lo cual no es raro, pues la Iglesia estaba firmemente pegada a la monarquía, al igual que los astrólogos. Sin embargo, dentro de la ortodoxia eclesiástica no estaba bien vista la astrología. San Isidoro define a varios tipos de astrólogos:

A los astrólogos se los llamó así porque hacen sus augurios fijándose en los astros.

A los genetliacos se les dio tal nombre porque prestan suma atención al día del nacimiento. Describen el horóscopo de los hombres siguiendo los doce signos del cielo; y de acuerdo con el curso de las estrellas intentan predecir las costumbres, hechos y acontecimentos de los nacidos, es decir, bajo que sino ha nacido uno y que efecto va a tener en su vida. La gente suele darle el nombre de “matemáticos”. A este tipo de adivinación, los latinos la denominan “constelaciones”, es decir, “posiciones de los astros”, en que situación se encuentran cuando alguien nace. En un principio, los intérpretes de las estrellas eran conocidos como “magos”, como puede leerse acerca de los que, en el Evangelio, anunciaron que Cristo había nacido; mas tarde se los denominó simplemente “matemáticos”. La ciencia de este arte le fue concedida al hombre hasta la predicación del Evangelio, de manera que, una vez nacido Cristo, nadie en adelante tratará de interpretar el nacimiento de otra persona fijándose en el cielo.

A los horóscopos se les dio este nombre porque examinan las horas en que tuvo lugar el nacimiento de las personas para descubrir su dispar y diverso destino.

En la España musulmana existían multitud de estrelleros, que leían en el cielo la buena o mala ventura de las personas. La muerte del Emir Hisham I, que reinó en al-Andalus entre 778-798, fue presagiada mucho antes de producirse, por medio de la astrología judiciaria por el astrólogo de la corte Dhabi, y la caída vertiginosa y ejecución del eunuco Wasr, favorito de Abd al-Rahman II, fue pronosticada con antelación en unos versos del astrólogo cortesano Ychyá´al-Gazel. Un excelente mecenas de las artes y las letras fue el Emir Abd al-Rahman II, el cual tenía un verdadero ejército de buscadores, corredores y copistas de libros que se movían por todo Oriente a su costa, para que le procurasen copias de las traducciones de las obras más preciadas y científicas de la antigua Persia y Grecia, con cuya lectura se complacía grandemente. Para satisfacer su enorme curiosidad, se hizo rodear en su corte de un grupo de astrónomos a los que recompensaba espléndidamente y junto a ellos escrutaba el cielo y sus constelaciones, con el fin de hacer horóscopos, que realizaba hasta para las cosas más insignificantes de la vida cotidiana.

En tiempos del Emir Abd Alla, fue célebre el belicoso Abu Al-Quasim que, además de rebelarse contra su soberano, se había consagrado desde su juventud al estudio de las ciencias, especialmente de las ocultas y la astrología. Al-Hakam II fue el que hizo traer de Bagdad, Egipto y otras partes de allende los mares las obras capitales y de mayor importancia y raras referencias a las ciencias antiguas y modernas. Éste, a la muerte de su padre, Abd al-Rahman III, heredó tres bibliotecas: la de palacio, en la que sus antepasados habían puesto la mayor solicitud en acumular libros, la de su hermano Muhammad y la suya propia, cuyo número de volúmenes ascendía a unos 400.000. Pues bien, esto demuestra que todos los Emires y príncipes de la dinastía Omeya fueron grandes lectores y por ende eruditos en diversas materias, entre ellas la astrología y la astronomía judiciaria, por lo que es presumible, y en cierto modo lógico, que entre aquel impresionante cúmulo de libros de aquella inmensa biblioteca, existieran, aunque solo fuera como mera curiosidad algunos que trataran de los horóscopos, amuletos, adivinaciones y otras clases de magia, máxime si se tiene en cuenta que todos ellos se dieron, con más o menos dedicación, a la práctica de las artes mágicas en su mayoría de edad, como consecuencia de estar familiarizados con ellas desde su más tierna infancia al haber sido iniciados por la mujeres del harén en que se criaron.

No deja de ser un cuadro lo suficientemente realista y expresivo la vida ciudadana en la Alta Edad Media, en cuanto hechicería se refiere, para no precisar de mayores aclaraciones. En opinión del gran maestro del arabismo español, Julián Ribera:

Los libros de supersticiones astrológicas, horóscopos, magia blanca, sortilegios, adivinaciones, prácticas espiritistas, encantos, ensalmos, amuletos y talismanes, son tan abundantes, que su estudio podría constituir la ocupación de un especialista durante varios años.

En verdad que es una lástima que no se pueda contar con buenas traducciones de ellos, los cuales hubieran permitido un conocimiento casi exhaustivo y con gran lujo de detalles de todos los sistemas y medio empleados.

Los horóscopos estaban tan extendidos, que no hubo persona de la categoría o condición social que fuera, desde los Emires y Califas hasta el último habitante de la ciudad, pueblo o comarca, que no se hiciera, o mandara hacer, el suyo particular. Para su confección partían del día de su nacimiento a fin de conocer el signo del Zodiaco a que estaban adscritos, para después consultar la inicial de su nombre en una tabla con un alfabeto, habiéndole señalado a cada letra un valor numérico; a este valor se le añadía por el mismo procedimiento el que le correspondiera a la madre y la suma de ambos se dividía por cierto número, y el resto de la división, otra tabla indicaba la constelación cuyas influencias sufriría su destinatario. Sabido esto, recurrían a un libro específico en el que constaba dicha constelación de donde se extraía el pronóstico. Por los horóscopos sabían de la condición humana: el que naciera el día 21 de la luna, sería ladrón; el que naciera el 22, había de ser gracioso o soberbio, de hermoso andar y llegaría a ser válido de algún rey. El nacido el 23 de la luna, sería maldito de Dios y de las gentes; el que naciera el 24, sería grande, pero impotente para tener hijos, sería feo y espantable, y otras muchas cosas más.

Alfonso X respetó bastante a los astrólogos, incluso llegó a piropearlos en sus Partidas:

Qué cosa es adivinanza e cuántas maneras son de ella: Adivinanza tanto quiere decir como querer tomar el poder de Dios para saber las cosas que están por venir. E son dos maneras de adivinanza. La primera es la que se hace por arte de astronomía que es una de las siete artes liberales. Esta, según el fuero de las leyes, no es defendida de usar a los que son maestros e la entienden verdaderamente porque los juicios e los asmamientos que se dan por esta arte son catados por el curso natural de las planetas e de las otras estrellas e fueron tomadas de los libros de Ptolomeo e de los otros sabidores que se trabajaron de esta ciencia. Más los otros, que no son por tanto sabidores, no deben obrar por ella como quiera que se deben trabajar de aprender e de estudiar en los libros de los sabios.

No debió ser hombre muy bien visto por la Iglesia de su época, pero demuestra de modo rotundo la conexión de los astrólogos con el poder en la España cristiana. Para resumir diremos que la astrología nació en Mesopotamia en el siglo VII a.C., se desarrolló en Alejandría, fue transmitida al mundo occidental y al Islam, alcanzó la India y los países influidos por la cultura indú, hasta Bali. Pero no penetró de modo fuerte en los países de Extremo Oriente, al revés de lo que ocurrió con la geomancia. El astrólogo suele ir unido al poder despótico de un tirano, que confía ciegamente en él o lo usa con astucia. El estado en ocasiones tomó medidas violentas contra los astrólogos. Al sabio matemático, geómetra, le hace la competencia el humilde estrellero, con clientela de gentes del común, libertos, esclavos, etc. Así pasará en el futuro durante siglos. Algunos estoicos fueron favorables a la astrología. Desde el s.III d.C., los padres de la Iglesia combatieron a los matemáticos (mathematici), apostelesmatici y genetliacos con fuertes argumentos, y en ello coinciden con algunos filósofos neoplatónicos (Plotino y Porfirio). La astrología estaba firmemente unida a los magos, no en vano los magos que adoraron a Jesús fueron astrólogos.

La astrología surgió como resultado de un verdadero avance de los conocimientos astronómicos. En al-Andalus, el poder mantiene al astrólogo, frente al hombre de fe ortodoxa. El cliché del médico árabe, que utiliza la astrología para preparar medicamentos, se emplea hasta en en el teatro del siglo XVI. Entre los siglos XIII-XVII, multitud de reyes de toda Europa favorecieron la astrología. Los efectos naturales de los astros también los tenían que considerar los nigrománticos, los cuales en sus invocaciones guardaban los signos de las estrellas para realizarlas en unos y no en otros tiempos, como dice Bartolomé de las Casas. Estrellero o estrellera es la mujer dada a la magia, a la que se considera conocedora de modos de hacer horóscopos y natividades, ya que no “fada” o capaz de “fadar”, como los personajes femeninos que salen al principio de los libros de caballería, condicionando la vida de los héroes. La astrología judiciaria se llamaba también astromancia. Voltaire dijo que entre los caldeos, los magos que sabían más que el vulgo se hicieron astrónomos.