martes, 20 de marzo de 2012

Adivinos IV: Sortílegos


Los sorteros eran adivinadores populares que averiguaban el futuro por medio de el azar o la suerte, para ello se valían de diferentes medios. Entre los babilonios se usaron métodos como un puñado de harina o granos para hacer presagios. Sabemos que los hititas echaban suertes. Los griegos usaron con bastante frecuencia la cleromancia o adivinación por las suertes, pues éstas últimas no eran solo cuestión de azar, sino también se consideraban manifestación de los dioses. Este sistema tenía una amplia vertiente política, sobre todo en la designación de algunas magistraturas y sacerdocios menores o de los miembros de los tribunales, que en vez de ser elegidos directamente por el pueblo, eran nombrados mediante sorteo, de forma que se descargaba sobre la divinidad parte de la responsabilidad de la elección. Dentro de esta categoría existían diferentes variedades en función del instrumento que se utilizaba, como las flechas (belomancia), las varitas (rabdomancia) o los dados (psefomancia); éstos últimos se usaban en el santuario ático de Atenea Skiras.



Cuando Roma llevó a cabo la anexión territorial del Lacio e Italia, entró en contacto con numerosos templos de carácter oracular. En todos ellos venían practicándose, quizá ya desde la época arcaica, los oráculos per sortem, es decir, mediante la extracción al azar de una pequeña tablilla (sors) donde venía escrita la respuesta de la divinidad; ninguno de ellos practicaba, pues, ese otro tipo de adivinación que descansaba en el delirio inspirado de la sacerdotisa que parece haber sido desconocido. Uno de los que gozaban de mayor antigüedad y prestigio era el de Fortuna en Praeneste. Sabemos, sobre todo después del excelente trabajo de J. Champeaux, que el oráculo, en origen, era abierto solo en uno de los dos días que duraba la fiesta en honor de la diosa (9 y 10 de abril); quizá, al menos durante el Imperio, el oráculo era abierto también en ciertos días del año. El origen de dichas sortes es descrito por Cicerón en su De diuinatione (II, 85-86):



Los anales de los prenestinos dicen que Numerio Sufucio, varón respetable y de noble linaje, fue advertido muchas veces en sueños, hasta con amenazas, para que fuese a cierto paraje y partiese una piedra; que asustado por aquellas visiones se propuso obedecer, a pesar de las burlas de los conciudadanos, y que de la piedra partida salieron las sortes grabadas en encina, con caracteres antiguos. Aquel paraje, rodeado hoy por una barrera sagrada, está cercano al templo de Júpiter Puer, sentado con Juno sobre las rodillas de Fortuna, amamantado por ella y con tanta piedad reverenciado por las madres de familia. Al mismo tiempo, en el mismo sitio donde se encuentra el templo de Fortuna, brotó miel, según dicen, de un olivo; consultados los arúspices, contestaron que algún día llegarían a ser célebres aquellas suertes y que, por su mandato, se hizo de aquel olivo un arca en la que se encerraron las suertes que todavía hoy se sacan cuando lo aconseja Fortuna (II, 41).



Era un niño (puer, como el Júpiter representado junto a la diosa) quien mezclaba y sacaba las sortes (miscentur atque ducuntur o tulluntur) siempre bajo la inspiración de la diosa (Fortunae monitu). Después de ser extraídas, un especialista, el sortilegus Fortunae (equivalente a los prophetai de Delfos), las leía. En tiempos de Cicerón, las sortes eran pequeñas tablillas de madera de encina con fórmulas, en caracteres arcaicos, muy ambiguas, que permitían adaptarse a todo tipo de consultas planteadas a la diosa. Eran depositadas en un arca custodiada, como sabemos por la epigrafía, por Júpiter Arcanus. Otro antiguo oráculo, también transmitido por la diosa Fortuna, era el de la ciudad de Antium; su rasgo más peculiar es que se trataba de una pareja de diosas (díada) mencionadas por las fuentes como las vericae sorores, Fortunae Antiatae, Fortunas Antiatis, etc. y a cuya dualidad respondían también las estuatuas cultuales. Como en Praeneste, ambas ejercían al tiempo funciones oraculares, fecundantes y políadas. El procedimiento adivinatorio usado en Antium no es muy conocido, pero Macrobio lo cita de pasada para ilustrar el de Baal de Heliópolis:



La estatua del dios de Heliópolis es llevada en una litera (“ferculum”), como las imágenes de los dioses son llevadas en la procesión de los juegos circenses y los que la transportan son generalmente los hombres más destacados de la provincia. Estos hombres, con sus cabezas afeitadas y purificados por un largo periodo de abstinencia, van como el espíritu del dios (divino spiritu) les mueve y llevan la estatua no por su propio deseo, sino adonde el dios les dirige, como en Antium vemos las imágenes de las diosas movidas para dar sus oráculos (Macrob., Sat. I, 23, 13).



Este tipo de adivinación, a base de movimientos espontáneos es extraño a las religiones itálicas y característico, por el contrario, de los santuarios orientales (Zeus en Heliópolis o en Siwah, Apolo en Siria y en Egipto, etc.), lo cual ha hecho pensar que pudo ser adoptado por Antium, quizá a través de Cartago, en los siglos VI o V a.C. Conocemos otros más: el de Hércules Víctor de Tibur, el de Falerii y otras ciudades etruscas (Caere, Viterbo, Arezzo), el de Júpiter Apenninus de Iguvium, el de la fuente Clitumna descrito por Plinio, el de Forum Novum cerca de Parma, el de Gerión en territorio véneto o, el más tardío de Hércules en Ostia. De este último estamos informados gracias a un tríptico votivo publicado por G. Becatti en 1939, que representa a unos pescadores sacando con sus redes de las aguas las sortes del dios; todo parece indicar que su antigüedad no se remonta más allá del siglo II a.C. y que imitaron en gran medida a las de Praeneste. Todos ellos, a pesar de la diversidad de dioses que los dispensan (Fortuna, Hércules, Minerva, Gerión, etc.), tienen un denominador común: su naturaleza cleromántica. La arqueología ha proporcionado algunos ejemplares de estas sortes de los que dos son particularmente célebres: el disco de bronce de Cumas (con el nombre de Hera) y el guijarro del Museo de Fiésole con los nombres de Fortuna y Servio Tulio.



En general, las sortes conservadas adoptan una gran diversidad de formas y de materias. Muchas son tablillas de bronce o de madera pero otras están fabricadas con bronces o plomos. En cualquier caso, atestiguan el recurso casi exclusivo de la adivinación itálica a la escritura frente a una adivinación inspirada que en época histórica era rehusada. Roma mantuvo desde los comienzos de la República un enorme distanciamiento hacia todos estos santuarios oraculares ya en clara decadencia a finales de la República; dicha desconfianza viene primeramente explicada por el tipo de adivinación que se practicaba en ellos. El propio Cicerón dice que la adivinación per sortem es un género muy desacreditado que el sentido común rechaza y que en todos los lugares ha perdido ya la fama; finalmente termina preguntándose (De adiv. II, 41): “¿Qué fe merecen unas sortes que se sacan a una señal dada por Fortuna y que un niño escoge al azar después de mezclarlas?”



Es significativo que siendo Fortuna una diosa que gozó de gran popularidad en Roma y que era conocida por infinidad de epítetos (Fors Fortuna, Fortuna del Foro Boario, Fortuna Muliebris, Fortuna Virilis, Fortuna Viscata, etc.), no existan noticias sobre la actividad oracular de sus santuarios. Pero esa hostilidad viene explicada también por el temor a que sus oráculos fueran puestos al servicio de una peligrosa política anti-romana, especialmente cuando, por ejemplo, Roma y Praeneste se enfrentaron en numerosas ocasiones durante el siglo IV a.C., hasta que la ciudad fue tomada en el 338 a.C. Aún en el año 241 a.C., concluida la primera guerra púnica, el Senado romano prohibió al cónsul Q. Lutacio Cerco consultar las sortes de Praeneste, argumentando que se trataba de auspiciis alienigenis; era conveniente, pues, como dice Valerio Máximo, que la República se rigiera por los auspicios patrios y no por los extranjeros.



En época imperial romana, fue famoso el santuario de la diosa Fortuna en Praeneste que parece salir de su letargo a partir de época augústea. Tiberio, según nos dice Suetonio, intentó trasladar a Roma el arca que contenía las sortes:



Intentó suprimir los oráculos inmediatos a Roma; pero renunció a ello aterrado por un prodigio que protegió las sortes de Praeneste que, a pesar de haberlas llevado selladas a Roma, no las encontraron en el cofre en que las encerraron y no reaparecieron hasta que el cofre quedó colocado en el templo (Suetonio, Tiberio, 63, 1).



La medida se explica desde su inquietud hacia todo tipo de prácticas adivinatorias; según el propio Suetonio, Tiberio prohibió también las consultas privadas a los arúspices. Pero debemos recordar que la delicada salud del emperador favorecía las consultas a Fortuna sobre el momento de su muerte y su sucesión. La historiografía menciona también la costumbre del emperador Domiciano de consultar el oráculo de Fortuna a comienzos de cada año. Existen dudas sobre la historicidad de otra consulta oracular por parte de Severo Alejandro, pero sí sabemos que el oráculo mantuvo su actividad hasta el siglo IV. La familia julio-claudia mostró un especial interés por el oráculo de la Fortuna de Antium, como el anterior, muy próximo a Roma. Todo parece indicar que Augusto consultó a las veridicae sorores, como las llama Marcial, antes de emprender sus expediciones contra los bretones y los árabes en el 26 a.C. Calígula lo hizo también llevado de los temores que anunciaban su muerte; el oráculo –según cuenta Suetonio, Calígula, 57, 3- le aconsejó que se guardara de Casio. Pero el emperador se equivocó al ordenar la muerte de Casio Longino (procónsul de Asia) y no la de Casio Querea, su asesino.



La hija de Nerón y Popea nació en la villa imperial de Antium; aunque las fuentes no mencionan ningún tipo de consulta oracular si sabemos que, por decreto del Senado, se colocaron imágenes de oro de las Fortunas en el solio de Júpiter Capitolino, lo que probaría la piedad de la familia imperial hacia las Fortunae Antiatae. Las conquistas del siglo I multiplicaron en general las consultas de los jefes militares, deseosos de contar con un respaldo divino a sus empresas. Merece recordarse, por ejemplo, la visita efectuada por Tiberio al oráculo de Gerión antes de partir hacia Illiria:



Y algo más tarde, cuando camino de Iliria consultó cerca de Padua el oráculo de Gerión, sacó en suerte una cédula (“sorte tracta”) que le aconsejó que debía echar dados de oro en la fuente de Apolo para saber lo que quería; sucedió entonces que los dados arrojados por él mostraron el número más alto; y todavía hoy en día los visitantes pueden ver estos dados... (Suetonio, Tiberio, 14, 3).



En el concilio visigodo del año 572 se condena a los adivinos y sortílegos que expulsan el espíritu malo de las casas, descubran los maleficios o hagan las purificaciones de los paganos; En el concilio del 589 se condena a los que echan suertes, y por otro lado, a un tipo de adivino llamado sorticularii que hace engañosos cánticos.



San Isidoro de Sevilla definió a los sortílegos en sus Etimologías:



Sortílegos (“Sortilegi”) son los que so capa de una falsa religión, practican la ciencia adivinatoria sirviéndose de lo que ellos llaman “sortes sanctorum”, o bien prometen descubrir el futuro mediante el examen de determinadas escrituras.



El sortilegio –a veces convertido en rapsodomancia- conoció una gran difusión. Así se nos han conservado la sortes Homericae, las sortes Vergilinanae (solamente en la Historia Augusta encontramos ocho casos) y, con los cristianos, las sortes Biblicae. Las sortes sanctorum implicaban el uso de las Escrituras. Se condenó a los sortílegos en el concilio del 633.



En el sínodo de León de 1267 se prohibe bajo excomunión “que ningún clérigo sea encantador, nen adivinador, ner sortero, nen aqueyador”. En el Fuero juzgo traducido en el siglo XIII, así como en las Partidas, se prohiben las consultas a los sorteros. Era muy habitual entre los sorteros el uso de habas, cédulas o semillas para sus suertes. Santo Tomás de Aquino (s.XIII) define la forma de adivinar de los sortilegios como “hacer uno mismo alguna cosa para conocer lo oculto”. Sin embargo, en el Malleus Malleficarum (redactado en 1486), el sortilegio es equivalente al prestigio o maleficio. En el mismo texto, se ofrece una opinión distinta:



Existen 14 especies de supersticiones en los tres géneros de adivinación: tres géneros, de los cuales el primero se ejerce con invocación expresa del demonio; el segundo únicamente por una consideración tácita de la disposición y del movimiento de algo, como las estrellas, los días, las horas, etc.; la tercera por la consideración de algún acto humano con la intención de descubrir en él alguna cosa oculta. Las tres llevan el nombre de sortilegios.



En el glosario del Fuero Juzgo (siglo XIII) el sortílego es un adivino.



El Maestro Ciruelo habla sobre la Sortiaria hacia 1530:



La séptima y postrera arte adivinatoria se llama Sortiaria, quiere decir que adivina por las suertes lo que ha de ser. Estas suertes se echan en muchas maneras: o con dados o con cartas de naipes o con cédulas escritas; y de esta manera hay un libro que llaman de las suertes, donde se traen reyes y profetas que digan por escrito las cosas que a cada uno le han de acontecer. Otros hacen las suertes por los Salmos del Salterio; otros con un cedazo y tiseras adivinan quien hurtó la cosa perdida, o dónde está escondida; y otros hacen otras liviandades de tantas maneras que no se podrían contar. Y todas ellas pueden llamarse suertes y quien las usa peca mortalmente, porque con ellas sirve al diablo y se aparta de Dios y de los cristianos siervos de Dios.



Verdad es que allende de estas suertes adivinatorias, hay otras dos maneras de suertes que algunas veces se pueden hacer sin pecado: la una es suerte consultoria, que quiere decir para consultar alguna cosa con Dios que no se puede saber por ingenio humano; y los siervos de Dios algunas veces se encomiendan a Dios que lo revele por su misericordia. Estas maneras de suertes usaban en la vieja en la vieja Ley los profetas, y de esta manera los Santos Apóstoles echaron suertes entre Santo Matía y un José justo, suplicando a Dios que les declarase a cuál de aquellos dos santos tomarían por apostol, en lugar de Judas el traídor. Mas éstas suertes consultorias los cristianos no las han de hacer sino muy atarde, y no si no en tiempo de alguna grande necesidad; y a solos los prelados y príncipes conviene hacer este acto por el bien común de sus pueblos, y haciendo primero decir misa del Espíritu Santo y otras devotas oraciones a Dios.



La otra manera de suerte se dice divisoria, quiere decir para dividir o partir alguna cosa y saber cuál de las partes ha de haber este hombre y cuál el otro; y aunque esta manera de suerte se use mucho entre los cristianos, más no se debe usar sin necesidad, es a saber, para excusar questiones y barajas entre los hombres; porque cuando sin enojo ellos de pláceme a pláceme se avienen y por cortesía cada uno toma la parte que el otro le quiere dar, no hay necesidad de echar suertes, porque en ellas parece que los hombres quieren tentar a Dios, queriendo que declare su voluntad sobre aquel hecho; y esto no se ha de presumir hacer sino en cosas de mucha importancia y que haya necesidad.



Algunas magas españolas del siglo XVII, para conseguir la presentación inmediata del hombre amado para cohabitar con él hacían un sortilegio que llamaban de “las torcidas”, consistente en fabricar nueve mechas con tiras de un trozo de lienzo que hubiera estado impregnado de semen masculino, exclamando al colocarlas en el candil:



Conjúrote con tres libros misales y tres Iglesias parroquiales.



Y rezarle un Padre nuestro y un Ave María a Santa Marta durante nueve noches consecutivas, mientras les prendían fuego. Ésta era la forma más simple ya que había quien hacía lo mismo, pero con la siguiente invocación:



Conjúrote vida de la vida, de la carne, de la sangre de (fulano) que me ames, que me estimes, que me regales, que me des cuanto tuvieres y me digas lo que supieres. Que te conjuro (fulano) con Barrabás que así como estar torcidas arden en este candil, así me quieras.



Otras magas mucho más exigentes e impacientes, para darle mayor fuerza y eficacia, se encomendaba a todos los diablos añadiéndole:



Con Satanás, Caifás, con el chico, con el grande, con el mayor, con el de la portería, con el de la carnicería, con el del carnero, con el del matadero, que todos os junteis y do está (fulano) irás, y en el corazón entrarás.



Cuando se reunían varias sortílegas, después de rezados el Padre nuestro y el Ave María a Santa Marta y concluida la invocación, hacían una extraña ceremonia sentadas en el suelo en círculo alrededor del candil con la mecha encendida, en la que tomaban nueve habas, tres granos de sal, tres carbones, una vela de cera normal y otras nueve más pequeñas que se las iban pasando unas a otras hasta que recorrían tres veces consecutivas por todas las asistentes que, en caso de ser un número superior a nueve, las demás permanecían con las manos juntas esperando la llegada y una vez concluido este ceremonial, las arrojaban al centro del círculo; después tomaban dos de las nueve habas, que cada una representaban a un sexo distinto, las señalaban con los dientes y las lanzaban sobre el interior del cerco; si casualmente las habas se juntaban, ello significaba que la persona ausente, por la que se había realizado el conjuro, llegaría prontamente y ardiendo en amor.



Había otras muchas magas que hacían sortilegios utilizando un cedazo, como pudiera ser el conocer si se realizaría su casamiento o por el contrario no llegaría a efectuarse, si su amante aún la llamaba y acudiría a su ardorosa llamada, con solo pronunciar:



Yo te conjuro cedazo, con San Pedro y San Pablo y Cristo crucificado. Y, si (fulano) me quiere, anda, y si no, para.



Para saber a qué atenerse en las más variadas circunstancias, le preguntaban al cedazo:



Por San Pablo y San Pablo y el Apóstol Santiago, Sampiolín y Sampiolán. Y a ti Diablo Cojuelo que me digas la verdad (si se ha de hacer tal cosa), y si el cedazo se movía, era señal afirmativa de que se efectuaría lo que se le había consultado y en caso de permanecer estático, que sería casi siempre, la respuesta era negativa.



Un sortilegio muy utilizado por la gran mayoría de las magas era el denominado del “ánima sola” que consistía en rezar a media noche, con los cabellos revueltos y una vela de cera encendida en un lugar en el que pudiera contemplarse el cielo, la tercera parte del rosario aplicado al alma a la que le querían preguntar, para después entrar de lleno en el conjuro:



Ánima sola, la más sola, y la más sola. Alma ven, que te llamo, que te he de menester. Yo te conjuro ánima sola, con los tres vientos. Yo te conjuro ánima sola, con los tres elementos. Yo te conjuro ánima sola, con la sangre de Lucano. Yo te conjuro ánima sola, con las doce tribus de Israel. Yo te conjuro ánima sola, con todos aquellos que en la peña carmesí están, que todos os juntéis y por el puente del rio Jordán pasareis, las nueve varas de mimbre negro me cojeréis, tres me las clavareis a (fulano), por el corazón, que no pierda mi amor, tres en el sentido que no me eche en olvido.



Nunca faltó quien, con el firme propósito de intentar mejorar su efectividad, le añadiera:



Que hinquen por la espalda, por que no vean sus faltas, guerra me le daréis y con esto me le traeréis, que no me lo dejéis estar, ni reposar, hasta que conmigo venga a estar.



Una variante de las anteriores oraciones era la siguiente:



Ánima sola, ánima sola, ánima sola, la más sola, por otras Santas, y la más triste, la más triste y la más desesperada, la más desesperada, la más desesperada más no de mi Señor Jesucristo. Yo te conjuro con el corazón del hombre muerto a hierro frio. Yo te conjuro con aquellos que están en la peña carmesí, que todos os junteis y no le dejeis a (fulano) parar, ni reposar hasta que me venga a buscar.



Según el mismo Calificador, para conseguir el amor de una persona era de uso corriente el “sortilegio de la toca”, que consistía en la colocación disimuladamente de un naipe bajo el ara de un altar y esperar a que se dijeran sobre él tres misas, con sus correspondientes Evangelios, concelebradas por tres sacerdotes, y después “tocar” con él durante tres días: el de Navidad, San Juan y Jueves Santo, antes de la salida del sol, al que desearan seducir.



No ha existido ninguna hechicera que no fuera maestra en echar suertes, siendo las más usuales la de los naipes, de las habas, de del cedazo, del lebrillo con agua, de las naranjas, con lumbre y sal, además de otras muchas según el ingenio de la autora ya que cada una rivalizaba con las de su profesión en el invento de toda clase de suertes, conjuros, hechizos y filtros. La “suerte de las cartas” la realizaban en presencia de la persona interesada, para lo cual le asignaban previamente a cada naipe un valor propio y simbólico, por ejemplo: los reyes significaban, por sus luengos ropajes, a los eclesiásticos; los caballos, a los seglares y las sotas, a las mujeres. La sesión la iniciaba con esta imprecación:



Yo te conjuro naipe uno a uno, con dos, con tres, con cuatro, con cinco, con seis, con siete, con ocho y con nueve, con Caifás Barrabás y doña María de Padilla.



Tras barajar las cartas, las iba colocando sobre una mesa conforme fueran apareciendo y, si al “echar la carta” la primera que aparecía era una sota y después el caballo del palo que la hechicera hubiera nombrado, ello indicaba que era correspondida, quizás con exceso, por su amado; si salía el dos de espadas o el dos de bastos, que se hallan paralelos, significaban caminos y su explicación era que la consultante o la persona por la que se hacía la pregunta se pondría en camino para un inmediato encuentro; en caso de que fueran oros, éstos indicaban la obtención de dineros por la vía fácil y rápida; si pintaban espadas, era señal de que tendría una gran pesadumbe; si copa satisfacciones y el súmmun si salía el as de oros; éste era un anuncio inequívoco de que recibiría inmediatamente una misiva con excelentes noticias de la persona a la que impaciente esperaba.



Como herramienta inseparable de trabajo dispuesta en todo momento a satisfacer las demandas de las clientas, algunas hechiceras llevaban envueltas en un pañuelo unas cuantas habas para ejecutar la llamada “suerte de las habas” que consistía en colocar sobre el pañuelo un montoncito de las leguminosas al que seguía su bendición: “en el nombre del padre, del hijo, y del Espíritu Santo”. Después se lanzaban al aire y si casualmente se reunían tres o cuatro, indicaba camino, es decir, que uno de ellos saldría al encuentro del otro; si se juntaban seis, era indicio de que muy pronto recibiría carta de quien no tenían noticias; cuando se agrupaban tres y una quedaba un tanto separada, denotaban, las unidas camino y la suelta la persona que se hallaba en marcha.



Otra modalidad de la “suerte de las habas” estribaba en distribuir por encima de una mesa o lugar elegido ciertos objetos o materias como pan, carbón, unas cuentas piedrecillas, cristales, alumbre, cera, una moneda, un hueso de aceituna y otras bagatelas por el estilo, a las que previamente le habían asignado una representación o valor un tanto simbólico; así por ejemplo, el pan significaba abundancia de comida; el carbón, por negro, la noche; las piedras, encuentro de alojamiento o vivienda; los cristales y el alumbre, abundancia de agua; la cera, muerte; la moneda, incremento de la hacienda y por consiguiente el aumento del bienestar y el hueso de aceituna, la carne. Si al lanzar las habas alguna de ellas caía junto a uno de estos objetos, ya sabían lo que les había de suceder.



Las suertes fueron en la Edad Media y siglos posteriores, un método de adivinar muy popular entre las clases bajas. Mientras el sortero se dedica exclusivamente a echar suertes, el sortílego parece indicar a un hechicero que mezcla cosas religiosas con profanas para que su magia haga efecto. Debido a esto, no era extraño encontrar clérigos que se dedicaban a estos menesteres. No obstante, el campo de los sortilegios estaba ampliamente dominado por las mujeres. Probablemente los sortilegios fuesen lo mismo que los cármenes, ya que éstos eran fórmulas mágicas en rima que requerían acciones supersticiosas por parte del mago. Es curioso que el término “carmen” perdió fuelle en la Alta Edad Media, época en la que empezó a usarse “sortilegio”, posiblemente debido al avance del cristianismo. El sortilegio, como hemos visto, no era más que un carmen cristianizado.



En la magia musulmana es frecuente la baraka, especie de suerte que poseen los morabitos o bien se trata de la baraka popular (sortilegios) para diferentes propósitos. Entre los más conocidos se encuentran:



-Baraka del trigo

-Baraka de los higos, dátiles y las uvas pasadas.

-Baraka de la mantequilla en el odre.

-Para conservar el trigo.

-Para obtener buena caza.

-Para la caza o la pesca.

-Para conseguir pesca muy abundante.

-Para hacer prosperar el comercio.

-Para atraer a los clientes.

-Para romper las cadenas y las cerraduras.

-Cuadratura del gallo para encontrar un escondite.

-Terbih de la borla.


Básicamente se trata de escribir cármenes, caracteres mágicos o textos en papeles acompañándolo de diversas acciones o recitaciones para obtener buena suerte en algo.

jueves, 1 de marzo de 2012

Adivinos III: Augures


La ornitomancia era una forma de adivinación a través de los actos instintivos de los animales. Carentes de voluntad, estos últimos eran, según creencia de los antiguos, susceptibles de recibir el impulso divino, pues sus movimientos, caracterizados siempre por la seguridad y precisión con que se realizan, no podían ser sino expresión de la voluntad de los dioses. Sin embargo, no todos los animales gozaban del mismo favor adivinatorio, sino que se establecían diferencias muy rígidas: las aves voladoras, y entre éstas las de rapiña, por su facultad para tocar el cielo, son por excelencia las mensajeras de la respuesta divina. Los hititas y los asirios observaban el vuelo de los animales con frecuencia para adivinar el futuro.

La ornitomancia era en todas partes una ciencia compleja y muy especializada, en la que a la hora de la interpretación se tenían en cuenta gran cantidad de factores. Sin embargo, aunque esta técnica alcanzó en Grecia no escasa importancia, nunca llegó a desarrollarse una auténtica sistemática, al estilo de la disciplina etrusca; además a partir de la época clásica, la ornitomancia pasó a un segundo plano por detrás de otras técnicas adivinatorias. Unos pájaros eran favorables por naturaleza y otros desfavorables, pero teniendo en cuenta que esta diferenciación no era universal, y así la lechuza, ave de Atenea, constituía un buen presagio para los atenienses y malo para los restantes griegos. Se prestaba especial atención al vuelo y así si el ave procedía del este, llevaba un vuelo elevado y las alas desplegadas, por lo general eran signos favorables, mientras que una procedencia occidental y un vuelo bajo y desordenado indicaba malos augurios.

También contaban otros aspectos, como los chillidos que emitían las aves, el revoloteo, si había enfrentamiento entre ellas, etc. En cuanto a los animales terrestres, en líneas generales no gozaron de gran predicamento adivinatorio, sobre todo en Grecia: la serpiente y el lagarto, animales de Apolo, el principal dios de la adivinación, fueron prácticamente los únicos que atrajeron la atención de los griegos, aunque más tarde algunas especies acuáticas, por influencia de Oriente, se vincularon asimismo a santuarios apolíneos de la Grecia oriental.

En Roma, junto a los pontífices, es el otro gran colegio sacerdotal de importancia pública, al tener como misión fundamental la consulta de los auspicios en nombre de la ciudad, y de ahí el nombre oficial que tenía la corporación, augures publici populi Romani quiritum. Su número originario era tres y se elegían por cooptación, igual que los pontífices; los miembros del colegio estaban siempre en relación con las tres tribus “romúleas” de los Ramnes, los Tities y los Luceres, y por tanto su incremento era proporcional a las mismas, hasta que en época de César se estabilizó en 16. Los augures eran expertos en la ciencia que interpretaba la voluntad divina, pero también poseían la facultad para atraer sobre personas y cosas una fuerza sobrenatural.

El término “augur” procede de la raíz auc- que tiene el valor de “aumentar”, “incrementar” y de donde derivan también otras palabras de la terminología política romana, como auctorias y augustus. En este caso, el augur es entonces aquel que procura el aumento, es decir, que mediante una acción ritual confiere a la persona o cosa objteto del rito un poder místico que predispone a la divinidad a su favor. Este acto ritual recibe el nombre de inauguratio y se aplicaba a campos muy diversos, como la investidura de determinados sacerdocios y la legitimación religiosa y política de templos y algunos locales; también la ciudad era sometida a una inauguración ritual.

Ahora bien, quizá la aplicación más importante de este rito, durante la época arcaica que ahora nos interesa, fuese a propósito de la investidura del rey. Una vez que éste había obtenido la aprobación popular y la confirmación del Senado, se procedía a la investidura, que comprendía dos ritos protagonizados ambos por el augur. El primero era la auspicatio, es decir, la observación del vuelo de aves y otros signos que enviaba la divinidad, la cual manifestaba su conformidad con el acto que se iba a realizar; el segundo rito era una operación augural, sobrenatural que le permitiría gobernar de acuerdo con la divinidad.

La técnica empleada era la siguiente. El augur se situaba por lo general en un lugar elevado, desde donde se obtenía una buena visión. En Roma existían varios de estos centros augurales, como el Auguratorium del Palatino, vinculado a la leyenda de la fundación de Roma, pues fue allí donde Rómulo observó los signos divinos, y sobre todo el Auguraculum del Arx, en el Capitolio, que a partir del siglo VI a.C. se conviritió en el principal lugar de observación para los augures. La primera operación consistía en la delimitación del espacio sagrado, para lo cual el augur trazaba con su bastón ritual, el lituus, un rectángulo imaginario en la bóveda celeste, llamado templum, cuyo centro geométrico coincidía con la situación del sacerdote, quien miraba normalmente al sur (en ocasiones también al este). Entonces se procedía a la observación de los signos, por lo general el vuelo de las aves, y se tenían por favorables todos aquellos que procedían de la izquierda. Pero también se tenían en cuenta otros factores, como las especies de aves que observaba, las características de su vuelo, los sonidos que emitían, su número, y todo ello servía al augur para determinar cuál era la voluntad divina a propósito de la cuestión que se consultaba.

Los augures constituían un collegium en el sentido estricto del término, es decir todos sus miembros eran iguales y cada uno de ellos poseía todo el valor de su conocimiento, al contrario de lo que ocurría en el colegio pontificial. Sin embargo, conviene hacer una salvedad, pues en la primera etapa de la monarquía los reyes gozaban de la cualidad de los augures pero sin pertenecer al colegio. En efecto, los más antiguos reyes latinos poseían el conocimiento de la ciencia augural e incluso Rómulo y Remo actuaron como augures en su disputa cuando la fundación de Roma. El rey de la primera etapa de la monarquía romana era augur y se le califica como optimus augur, esto es, el más capacitado entre todos los augures, y prueba de ello es el símbolo de su poder, que no es otro que un lituus. A partir de Tarquinio Prisco la concepción de la monarquía cambia y el rey pierde sus facultades augurales, situación que heredarán los magistrados republicanos. El colegio de los augures adquiere entonces un protagonismo muy destacado en la vida política, pues sus componentes gozan de una posición autónoma frente al rey y a los magistrados, con los cuales se enfrenta alcanzando siempre el éxito, pues uno y otros tienen que someterse a sus dictámenes.

San Isidoro define a los augures perfectamente en sus Etimologías:

Los augures son los que observan el vuelo y el canto de las aves, así como otras señales de las cosas o sucesos imprevistos que acontecen al hombre. Se los denomina también aúspices, pues los auspicios es lo que observan quienes emprenden un viaje. Se llaman auspicios como si dijéramos “observación de las aves”; y augurio, algo así como “parloteo de las aves”, haciendo naturalmente referencia al canto y lenguaje de las aves. De la misma manera augurio puede interpretarse como “avigerium”, “lo que las aves llevan”. Hay dos tipos de auspicios: uno que está relacionado con los ojos, y el otro que lo está con los oídos. Con los ojos, como el vuelo; con los oídos, como el canto de las aves.

Los galaicos practicaron entre otras técnicas adivinatorias los auspicios, observando a las aves. Los vascones tuvieron gran fama de agoreros al comienzo del Bajo Imperio, fama que conservarían durante la Edad Media. San Martín Dumiense (siglo VI) alude en general a las adivinaciones y a los augurios, frecuentes en su época, y en particular se refiere a la observación de las aves:

Diuinationes et auguria et dies idolum observare, quid est nisi cultura diaboli?... et alia diaboli signa per auicellos et stornutos et per alia multa adtentis.

En España, los augures fueron un tipo de adivinador habitual, son condenados en los concilios del 633 y 693, así como en el Fuero juzgo del 681. En la literatura medieval hispana (incluido el Poema del mio Cid) y en los documentos jurídicos son muchas las referencias que se hacen sobre ellos y sus prácticas. La intuición de los animales queda desmostrada en casos de catástrofes naturales (tsumanis, terremotos, volcanes, etc.) o no tan naturales (aullidos de perros o gatos antes de un accidente que provoca muerte, aparición de buitres, etc.), el augur trata de aprovechar con sus facultades este don de los animales. Es clara la antigüedad de los augurios en la Península Ibérica.





lunes, 6 de febrero de 2012

Adivinos II: Arúspices


Entre los babilonios se obtenían presagios de las vísceras del animal sacrificado, ya desde el comienzo del II milenio a.C. El mágico aplicaba criterios ya fijados de antemano, como el color o el tamaño de los órganos. Se empleaba mucho en la mántica el hígado. El arúspice se fijaba en determinados detalles anatómicos. Igualmente se usaban los pulmones, los riñones o las circunvoluciones de los intestinos. La aruspicina babilónica usó una técnica y unos métodos de análisis de las partes anómalas del cuerpo. Uno de los procedimientos más usados para obtener la adivinación entre los hititas era el examen de las vísceras de los animales sacrificados. En Ugarit, los arúspices cananeos desarrollaban su actividad como personal especializado en actividades de adivinación a través de las vísceras de los animales sacrificados. Se usaban modelos de hígado y de pulmón con inscripciones. Algunas piezas se han hallado en la casa del sacerdote-mago, donde también se ha encontrado la reproducción en arcilla de un pulmón ovino. Igualmente había prácticas de hepatoscopia. Los asirios también examinaban los hígados de los animales para adivinar el futuro.



La aruspicina desempeñó un papel principal en la religión etrusca, pues las prácticas adivinatorias eran el único medio que permitía al hombre conocer la voluntad de los dioses. Cicerón (Div. 2.49) llama aruspicina al arte de interpretar las entrañas de las víctimas y los rayos, pero en otro párrafo de esta misma obra limita la aruspicina al extispex, al observador de las entrañas de las víctimas, que era diferente del fulgurator o intérprete de los prodigios. Llamaban extispicio (extispicem) al que practicaba la extispicina. Es un arte religioso típicamente etrusco.



La extispicina, llamada también hieroscopia y aruspicina, era quizá la técnica más compleja de todas las que conformaban la adivinación inductiva. Este método presuponía la creencia que la divinidad intervenía de forma muy acusada en la vida de los animales, ya no solo en su comportamiento, sino también en su anatomía, que utilizaba para transmitir al hombre sus designios. La extiscipina alcanzó una enorme importancia en Grecia según se cree por influencia oriental. En el mundo griego la extiscipina formaba parte del sacrificio, pues eran las vísceras del animal inmolado, sobre todo el hígado -técnica que en este caso recibía el nombre específico de hepatoscopia- lo que constituía el objeto de la manipulación adivinatoria. Por ello esta técnica aparece muy unida a la empiromancia o adivinación mediante el fuego, pues las víctimas sacrificadas eran como sabemos quemadas para su consumo, de forma que a través de diferentes signos proporcionados por la combustión o las evoluciones del humo, los especialistas podían interpretar la voluntad divina. Muy singular es el caso de los pitagóricos, quienes al tener prohibidos los sacrificios animales, pues era hostiles a todo derramamiento de sangre, utilizaban la empiromancia vegetal.



Entre otras prácticas adivinatorias, los antiguos galaicos eran muy hábiles en obtener agüeros de la contemplación de los intestinos. Actualmente, en algunas tribus africanas, existen hechiceros expertos en la contemplación de intestinos de animales para presagiar la buena o mala fortuna. Entre los lusitanos se vaticinaba ordinariamente mediante sacrificios humanos. Estrabón los describe del modo siguiente:



Los lusitanos hacen sacrificios y examinan las vísceras de los prisioneros cubriéndolas con sagos. Cuando la víctima cae por mano del hieróscopo, hacen una primera predicción por la caída del cadáver. Amputan las manos derechas de los cautivos y las consagran a los dioses.



Esta forma de adivinación era llamada hieroscopia. Del mismo modo vaticinaban los druidas, según el geógrafo griego, que toma el dato de Posidonio. Diodoro, al hablar de los galos, escribe que el golpe se daba en el diafragma, coincidiendo el modo de vaticinar de lusitanos y galos en observar la caída de la víctima. La congruencia entre estas características del vaticinio en ambos pueblos se explica por ser los lusitanos también celtas.



S. Montero ha estudiado la interpretación romana de las prácticas hepatoscópicas extranjeras. Recoge el autor la noticia de Silio Itálico alusiva a las prácticas hepatoscópicas de los galaicos: “envió a un muchacho hábil en la adivinación por las entrañas, el vuelo de las aves y las llamas”. Frecuentemente se utilizaban sacrificios humanos, como entre los lusitanos. Estrabón escribe sobre el particular: “Hacen sacrificios, observan las entrañas, pero sin ectomía”, es decir, sin extraerlas ni cortarlas para examinar su interior, marcando así una diferencia con la hepatoscopia greco etrusca. También señala que “observan las venas del pecho y conjuran palpándolas”.



La verdadera diferencia estriba en que los lusitanos consultaban las entrañas de las víctimas humanas: “Predicen mediante las entrañas de los prisioneros de guerra, cubriéndolas con sacos. Luego, cuando el arúspice lo golpea por encima de las entrañas, predicen primero según la forma en la que cae el cuerpo”. También las sacerdotisas cimbrias examinaban las entrañas humanas. Los britanos y los druidas, según Tácito “consultaban a los dioses en las entrañas humanas”. También está documentado este procedimiento entre los pueblos del Cáucaso. De todo ello se desprende que la manera de obtener adivinación los lusitanos no era específicamente suya.



La presencia de los arúspices en Roma, requerida por el Senado a comienzos del siglo II a.C. para colaborar en la expiación (y más tarde en la interpretación) de los prodigios es, ciertamente, como afirma Mac Bain, un caso único. Pocas culturas antiguas permitieron a un sacerdocio de origen extranjero participar en la vida religiosa y política; Roma hizo esa excepción con los adivinos etruscos. Es necesario, sin embargo, admitir que debieron ser varios los motivos para que eso sucediera. En primer lugar, no podemos olvidar el clima de profundo pesimismo y de angustia que se respira durante los años de la segunda guerra púnica (218-201 a.C.); la necesidad de conocer el desenlace de la guerra desarrolló un extraordinario interés por el culto de las divinidades extranjeras (recordemos la introducción del culto de Cibeles) e hizo que el pueblo depositara su confianza en nuevas formas de adivinación como los ariolos o los carmentas, pero también en la magia y la astrología. Todo ello vino acompañado además, como advierte Livio, de un peligroso abandono de los sacrificios y de los antiguos rituales romanos.



La débil posición del Senado, incapaz de contrarrestar las innovaciones en el ámbito de la adivinación, queda reflejada por el viaje emprendido por Q. Fabio Máximo a Delfos en el año 216 a.C.; dicho personaje, perteneciente probablemente al colegio de los decemviri, fue enviado a consultar el oráculo de Apolo sobre las plegarias y sacrificios necesarios para aplacar a los dioses y poner fin a tanta calamidad. Es un síntoma de que los medios oficiales de pontífices, augures y decénviros resultaban ya insuficientes. Tampoco fueron especialmente favorables los primeros decenios del siglo II a.C., ya que muchos de los movimientos sociales y de las revueltas de esclavos encontraron en esas nuevas formas de adivinación –sobre todo de procedencia oriental- uno de los soportes de su lucha y de sus reivindicaciones. Los jefes de las revueltas de esclavos en Sicilia reforzaban su carisma actuando como adivinos, astrólogos o intérpretes de sueños. La adivinación privada era considerada, bajo sus más diversas formas, un peligroso instrumento contra el orden social establecido, y la nobilitas romana no dudó en perseguirla reforzando aquella otra que formaba parte de la religión pública, lo que fue posible estrechando la ya existente colaboración con los arúspices etruscos.



Desde luego estos adivinos no eran totalmente desconocidos en Roma; algunas fuentes remontan incluso su presencia a la época de los Tarquinios, pero todo parece indicar que dicha presencia lo era a título individual (no como corporación sacerdotal) y que se produjo esporádicamente. Solo, según Mac Bain, a partir de los años 280-270 a.C., cuando los foedera abren unas relaciones más pacíficas con las ciudades etruscas, comienzan a hacerse más frecuentes sus intervenciones. Conviene recordar, en este sentido, el entendimiento de la clase senatorial romana con las familias dirigentes etruscas. El ejército romano intervino a favor de las oligarquías locales, acosadas por las revueltas sociales, en ciudades etruscas como Arretium (302 a.C.), Volsinii (265), y en varias de ellas nuevamente en el año 196 a.C. No obstante, fue a partir de la segunda guerra púnica cuando, como recuerda Cicerón, se institucionalizan las relaciones del Senado romano con los arúspices. El cónsul Postumio, con motivo de las célebres bacanales del año 186 a.C., pronunció un vibrante discurso contra estas ilícitas reuniones en el que los responsa de los arúspices son, por primera vez, equiparados con los decretos de los pontífices y de los senatusconsulta con el fin de garantizar las buenas costumbres.



El arte adininatorio de los arúspices permitía no solo expiar los prodigios, cosa que ya venían haciendo los decemviri, sino también interpretar aquellos signos que se manifestaban en tres ámbitos diversos: en ciertas anomalías de las vísceras (particularmente el hígado) de los animales sacrificados; en la aparición de los rayos y en la observación de prodigios. A diferencia de la adivinación oficial romana, la técnica aruspicinal era capaz de conocer en todos ellos el porvenir anunciado por los dioses. Su arte adivinatorio se fundamentaba en el principio de correspondencia entre el macrocosmos y el microcosmos, es decir, entre el ámbito celeste y el terrestre, regidos por las mismas divinidades. Con base en dicho principio, el hígado de las víctimas sacrificiales era imaginado como reflejo de la bóveda celeste; la observación de malformaciones o anormalidades de este órgano podían ser convenientemente interpretadas con la ayuda de modelos de bronce o terracota (como el célebre hígado de Piacenza), donde las casillas que lo dividen vienen marcadas con los nombres de las divinidades (deorum sedes), de la misma forma que se imaginaba para el cielo. La aruspicina o extiscipina era, pues, diferente de la litatio romana: no se limitaba solo a examinar el buen estado de los exta antes de ofrecer la víctima a la divinidad, sino que “consultaban” el interior de las vísceras para leer en ellas indicaciones precisas sobre el porvenir.



Los arúspices, partiendo de la división de la bóveda celeste en regiones, no tenían tampoco dificultad en reconocer qué divinidad había lanzado el rayo (considerado como un auspicium maximum), si éste era de buen o mal presagio y cuál era su significado. Pero, además, los arúspices estaban en disposición no solo de expiar, observar e interpretar los rayos, sino también de rechazarlos o de atraerlos (los llamados fulmina auxiliaria) mediante el uso de ciertos ritos y ciertas plegarias. La historiografía latina se hace eco de varios episiodios en los que el ejército romano fue alcanzado durante la conquista de Etruria por el rayo desviado por los arúspices; todavía en el año 408 d.C., cuando las tropas de Alarico asediaban la ciudad de Roma, los arúspices etruscos fueron convocados por el prefecto para que defendieran la ciudad valiéndose de esta ciencia. Esta habilidad para dominar las tormentas se dio también entre algunos encantadores: los tempestarios y nigromantes, tal vez estén más relacionados de lo que creemos con los arúspices.



Por último, también el prodigio, como ya hemos visto, podía en la ciencia aruspicinal etrusca prefigurar el porvenir al atribuírsele no solo un sentido funesto (como hacían los romanos) sino también la posibilidad de un valor favorable para el hombre o la ciudad. Imaginemos si no la conmoción, al menos sí la sorpresa que se produjo entre la población romana cuando en el año 172 a.C., tras haber sido alcanzada por un rayo la columna rostral erigida en el Capitolio (lo que, con arreglo a las costumbres tradicionales, era considerado uno de los peores prodigios posibles), los arúspices interpretaron el prodigio como anuncio de felices acontecimientos:



Respondieron los arúspices que este prodigio resultaría bien y que anunciaba una extensión de las fronteras y la aniquilación de los enemigos. En efecto, los “rostra”, abatidos por la tempestad, provenían de los despojos arrebatados a los enemigos (Livio XLII, 20, 1).



El complicado ritual que seguían los arúspices etruscos para examinar las entrañas de las víctimas o reconocer a la divinidad que había enviado el rayo, confería a este tipo de adivinación un carácter técnico que lo hacía aún más atrayente y que, sin duda, debió de impresionar a las familias dirigentes romanas. No sorprende, pues, que a partir del siglo II a.C., los arúspices lucharan de parte del Senado en defensa de los intereses oligárquicos. Dicha colaboración se puso de manifiesto, por ejemplo, en el año 121 a.C. cuando los arúspices difundieron entre el pueblo la noticia de graves prodigios coincidiendo con el momento en que Cayo Graco establecía sobre la antigua Cartago la colonia de Junonia, proyecto al que por su popularidad se había opuesto repetidamente el partido senatorial. La multiplicación de signos divinos desfavorables coincidió nuevamente cuando Mario, otro político popular, trataba de adueñarse del poder o cuando Catilina lo disputaba con Cicerón en el año 65 a.C:



Recordaréis, en efecto, que durante el consulado de Cota y Torquato, varias cosas en el Capitolio fueron fulminadas por el rayo, y que entonces las imágenes de los dioses fueron removidas y derribadas las estatuas de nuestros viejos prohombres, licuados los bronces de las leyes y alcanzado también el fundador de esta ciudad, Rómulo, que recordareis, pequeñuelo, sus labios a los pechos de una loba, según la representaba una estatua dorada en el templo capitolino. En aquel tiempo, arúspices llegados de toda Etruria predijeron la inminencia de muertes e incendios, la extinción de las leyes, la guerra civil y doméstica y el ocaso de la ciudad y el Imperio si los dioses inmortales, aplacados por todos los medios, no torcían con su poder casi el curso de los hados (Cicerón, Catilina III, 18-19).



Pero existía –en relación con la práctica aruspicinal- otro elemento no menos interesante: sus libros sagrados, conocidos en latín como la Disciplina etrusca. Se trata de libros de origen divino cuyo contenido había sido revelado por profetas. Unos eran atribuidos a Tages, el fundador de la aruspicina, otros a la ninfa Vegoia, la lasa Vecu etrusca. Pero en conjunto todos trataban de los tres aspectos que abarcaba la ciencia adivinatoria etrusca y estaban por ello divididos en libri haruspicini, libri fulgurales y libri rituales. Augusto, según nos dice Servio, los depositó, junto con los Libros Sibilinos, en el interior del templo de Apolo Palatino. Para entonces, gracias a la labor de eruditos de origen etrusco como Tarquitius Priscus o Caecina, los libros etruscos habían sido traducidos ya al latín. Este hecho quizá favoreciera la apertura del sacerdocio a los latinos. En el siglo I a.C. muchos de ellos se habían integrado ya como arúspices en colonias y municipios y algunos llegaron incluso a acompañar a los magistrados y jefes militares. No parece, sin embargo, que este proceso haya puesto en peligro el prestigio de los arúspices etruscos, cada vez más reducidos en número, algunos de los cuales pasaron a integrar el célebre y cualificado Ordo LX haruspicum cuyos orígenes se remontan, quizá, a los tiempos de la reorganización senatorial.



Ya en época visigoda, San Isidoro los define en sus Etimologías (año 621):



El nombre de arúspice ("Haruspice") significa algo así como “observadores de las horas”, y es que ellos tienen muy en cuenta los días y las horas en la ejecución de los asuntos y trabajos, y establecen que es lo que el hombre debe cumplir en cada momento. Examinan también las entrañas de los animales y por ellas predicen el futuro.



Se cuenta que un tal Tages (Nt: Tages es una de las importantes figuras de la mitología etrusca) que transmitió a los etruscos el arte de la aruspicina: dictó con sus propios labios la ciencia de los arúspices, y nunca más fue visto. Cuenta la fábula que en una ocasión en que un campesino se encontraba arando, surgió súbitamente de entre los terrones y le dictó la ciencia aruspicial, muriendo ese mismo día. Los romanos tradujeron esos libros de la lengua etrusca a la latina.



Los arúspices fueron condenados en el concilio de Toledo del año 633, presidido precisamente por San Isidoro. En el Fuero Juzgo del año 681 se dictaron leyes contra ellos y otros adivinadores. El nombre “arúspice” parece haberse perdido en las tinieblas de la Alta Edad Media. En textos españoles del siglo XII en adelante se habla de agoreros metiendo en el mismo saco a todas las variedades de agüeros. Estos agoreros son definidos como hechiceros. La prueba evidente de que los arúspices eran considerados agoreros en esta época, la tenemos en un documento español del siglo XIV referido a la aruspicina en la antigua Roma:



Otro sí vn agorero, faziendo sacrificio de vn animalia, amonestó al César, que se guardase de vn grande peligro, que le venía antes de los ydus de março. Calfurnia, su muger del César, vido en sueños que se caya toda su casa e que veya al César cuerpo muerto en su regaço. E no lo embargando todas estas cosas e señales, aquel día el César salió de su palaçio e vino al Capitolio.



Si bien se habla con frecuencia de catar agüeros en estornudos, vuelos de aves, palabras, objetos, etc., no se hace mención explícita al examen de las vísceras de los animales en ningún documento. Esto quiere decir que o bien no existía ya, o bien era una práctica muy minoritaria. Esta práctica adivinatoria no es exclusiva de Europa, incluso hoy día existen en algunas tribus indígenas individuos que catan y consultan las entrañas de los animales.



sábado, 14 de enero de 2012

Adivinos I: Ariolos


Iniciamos una serie de entradas dedicadas a los adivinos, aquellos que presagiaban por inspiración divina, de ahí la palabra "adivino". Debe diferenciarse de la "mántica" (arte del presagio) griega en la cual se incluían todo tipo de individuos con capacidades para conocer los sucesos futuros, incluídos los adivinos. Palabras como nigromántico, oniromante, hidromante, etc., hacen mención a distintos tipos de "mánticos".

El término "ariolo" es de posible origen etrusco, fue traído a Hispania por los romanos. Muy poco es lo que se sabe de ellos. En época republicana, el estado romano desencadenó contra la adivinación natural o inspirada (el enthousiasmos de los griegos) y, en general, contra todas aquellas formas que no estuvieran contenidas en los libros de los augures o en los Libros Sibilinos. También los profetas y videntes que practicaban este tipo de adivinaciones (vates, carmentas, ariolos), considerada como dementia o privación de mens, fueron igualmente perseguidos; esa desconfianza hacia el delirio profético explica que el término vates reciba en latín un claro sentido peyorativo, de la misma forma que el verbo vaticinor sea sinónimo (por ejemplo, en Cicerón) de “divagar”, “tener propósitos incoherentes”. Esta actitud de hostilidad hacia la adivinación natural se percibe bien en las relaciones de Roma con los centros oraculares itálicos.

San Isidoro los define en sus Etimologías:

Los ariolos (arioli) reciben este nombre porque formulan abominables plegarias ante las aras de los ídolos y les ofrecen funestos sacrificios, después de cuya realización reciben las respuestas de los demonios.

En el IV concilio de Toledo del año 633, presidido por San Isidoro de Sevilla, en el canon 29 se establecía que

Si se descubriera que algún obispo, presbítero o diácono, o cualquier otro del orden clerical, consultaba magos, arúspices, ariolos, augures, sortílegos o a los que profesan artes ocultas o a algunos otros que ejercen cosas parecidas, depuestos del honor de su dignidad sean encerrados en un monasterio, consagrados allí a una penitencia perpetua, lloren el crimen cometido de sacrilegio.

En el Fuero juzgo del año 681 se condena a los que consultan a los ariolos, arúspices y vaticinadores. Durante la Edad Media, los ariolos eran curanderos con amplios conocimientos botánicos (yerbas mágicas), usaban filacterías y quitaban maleficios. Según un documento medieval español del siglo XIII, los ariolos eran unos adivinos que ejercían su arte por medio de palabras. Las llamadas aras o brujas blancas, son, según Andolz, las brujas benéficas de Aragón. Tal vez por la etimología de la palabra (y su cometido mágico) tenga algo que ver con los ariolos. La Iglesia consideró al ariolo como adivino.

San Isidoro decía (probablemente refiriéndose a las filacterías o nóminas):

A todas estas prácticas pertenecen también las ligaduras execrables de remedios condenados por los médicos y que consisten en precantaciones, en caracteres o bien objetos diversos que deben llevarse atados o colgados.

Las misma técnicas curativas -pero de religión distinta- fueron practicadas por los precantadores (principalmente judíos). Los judíos tenían excelente fama como médicos.

Comenta San Isidoro (s.VII) sobre la medicina mágica:

La escuela metódica, ideada por Apolo, iba acompañada de medicamentos y cármenes. Los metódicos no tenían en cuenta ni el examen de los síntomas, ni las circunstancias temporales, ni la edad ni las causas, sino únicamente la existencia misma de las enfermedades.

En la España rural del siglo XX ha habido casos de mendigos milagrosos que luego desaparecen sin dejar rastro. En un caso una niña con poliomelitis fue capaz de andar, además el mendigo le dejó unos escapularios para evitar el mal de ojo. En Suramérica algunos hechiceros empleaban momias de los antepasados para realizar curaciones.

En Bolivia, entre los habitantes de la comunidad aymara, viven los kallawayas. En lengua aymara, significa “irse de casa” pero en lengua quechua hace alusión al “hombre que anda cargando hierbas medicinales”. Los kallawayas existen desde antes de que se constituyera el imperio inca. Se los podría denominar médicos ambulantes: personas que tienen un profundo conocimiento de la botánica y de la medicina natural.

Se supone que en la corte de los incas asesoraban a los sabios (amautas) en cuestiones de sanidad y que también prestaban sus servicios como médicos en Cuzco, la capital del imperio. No tenían residencia fija sino que se trasladaban de un sitio a otro curando a los enfermos. Para ello, era necesario preparar de antemano todas las pócimas y bebedizos necesarios de tal manera que pudieran conservar intactas sus cualidades.

En un hallazgo arqueológico del siglo VI se encontró el equipo de un kallawaya, entre otros elementos se describe un craneo que muestra tres trepanaciones, un mortero de madera, un tubo hecho de caña de bambú, jeringas, tabletas de madera y una bolsa (chuspa) que contenía material vegetal macerado. Una vez que éste fue analizado, se comprobó que se trataba de una de las especies de tabaco mezclado con hojas de guayusa (Piper callosum), planta habitualmente empleada como antiespasmódico.

Los investigadores estiman que los kallawayas eran capaces de curar enfermedades tan diversas como parálisis, ceguera, neumonía, diversos tipos de heridas y enfermedades mentales. Entre los medicamentos que preparaban, habían algunos fabricados con barro y frutas fermentadas cuyos efectos son comparables a los de la terramicina y la penicilina. Para estos médicos ambulantes, en todos los hombres siempre se unen tres principios vitales:

-El “Athum Ajayu”. Es una fuerza divina gracias a la cual puede pensar, sentir y moverse y a la que se considera inmortal.

-El “Juchui Ajayu”. El el cuerpo astral, el alma.

-El cuerpo físico. El material donde se encarnan los dos principios anteriores.

Es el desequilibrio entre estos tres principios lo que produce la enfermedad. Para restablecerlo, el kallawaya hará uso de sus conocimientos de herboristería y pedirá ayuda a los espíritus. Éstos son, fundamentalmente, la Pachamama (Madre Tierra) y los Achachillas, que son los ajayu de los antepasados que, al ser inmortales moran en las montañas, ríos y lagos sacralizándolos.

Debido a esta concepción del universo, para mantener la salud y gozar de la ayuda de estos espíritus es imprescindible tenerlos contentos; para ello, es necesario darle de comer a la montaña, lo que equivale a hacer ofrendas a los antepasados (Achachillas). Estos médicos son siempre hombres; en esta comunidad las mujeres solo se dedican a atender embarazos y partos. Lejos de ser unos charlatanes que aseguran curar todo tipo de dolencias, reconocen que para algunas, como las terminales o las hereditarias, sus conocimientos no son efectivos. Sin embargo, sus curas han demostrado tener éxito en casos de tuberculosis, diarreas, artrosis, problemas renales, hepáticos, cardíacos y en los trastornos mentales, entre otros.

Sus medicamentos no son solo compuestos vegetales; también emplean algunos elementos minerales o animales deshidratados. Entre las ofrendas rituales típicas de los kallawayas para curar enfermos hay dulces y vino. Tenían tres tipos de mesas rituales: las blancas, servían para curar enfermedades; las grises, destinadas a purificar el espíritu, y las negras, que tenían como finalidad devolver las desgracias que algún enemigo había enviado. A menudo los kallawayas emplean cantos.



lunes, 9 de enero de 2012

Los mercaderes de la fe


Dedicarse a los negocios es legítimo siempre y cuando exista un mínimo de honestidad entre el comprador y el vendedor, en otras palabras: que no haya fraude de ningún tipo. ¿Qué ocurre cuando la mercancía que trata de venderse es defectuosa o tiene características diferentes a las ofrecidas antes del acuerdo? No hace falta ser un lumbreras para saber que en todos los negocios y oficios existen personas que intentan sacar ventaja o dinero de modo ilegítimo abusando de la buena fe del cliente. Hoy no hablaremos de los mercaderes de patatas o relojes sino de los de la fe, también conocidos para muchos del vulgo como "expertos" en religión. Y es que ni la misma teología se libra de estos tipejos del tres al cuarto que corrompen todo lo que tocan. Dios nos libre de ellos.

La espiritualidad, el amor y la fe han sido un negocio redondo para muchos desde tiempo inmemorial, y es que un proverbio muy antiguo dice que "no solo de pan vive el hombre". Como vimos en la entrada "El Único", las manipulaciones existentes en la Biblia son multitud, afortunadamente muchas de ellas han sido detectadas por teólogos y estudiosos de las religiones. Las Escrituras fueron variando (añadiendo o borrando textos) según las épocas y los intereses de los dirigentes religiosos. De ahí se explica que haya tantas contradicciones tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.  

Entonces, ante tanta manipulación ¿qué hay de verdadero en las Escrituras sobre Dios? La única forma de contestar esta pregunta es hacer una puesta en común crítica con los rasgos elementales de Saturno/Crono/Alá/El/Yavé, pues ya comenté que se tratan en el fondo del mismo perro con distinto collar. Hasta la fecha no se ha hecho un estudio científico crítico sobre el Corán. Sin embargo los textos coránicos poseen una coherencia y un cuerpo (muchas suras se repiten machaconamente) del que adolece la Biblia.

Cualquiera que haya leído la Biblia, especialmente el Antiguo Testamento, habrá notado lo incomprensible y contradictorio que llegan a ser los "textos sagrados" (según el clero hasta la última coma es de inspiración divina) cosa que los convierte en anodinos y aburridos a más no poder. Finalmente muchos lectores lo dan por imposible y dejan el libro en el sueño de los justos. Recomiendo antes de leer cada capítulo de la Biblia informarse bien sobre el contexto histórico y religioso del texto, pues se fue redactando a lo largo de muchos siglos. De este modo será más llevadero y el lector podrá comprender mucho mejor el mensaje. Por el contrario, el Corán se lee fácilmente y uno tiene la sensación al final de quedarse con la copla. Tras leer el Corán no parece haber nada contradictorio porque puede gustar o no pero no deja indiferente a nadie.

Un buen ejemplo de mercaderes de la fe ha sido (y sigue siendo) la Iglesia católica. En un periodo de 2.000 años han logrado un éxito sin precedentes en ningún negocio: han vivido y han mandado casi como reyes, con un poder absoluto discutido por muy pocos (¡con la Iglesia hemos topado!). Desde un punto de vista comercial nadie, absolutamente nadie, puede discutir que son los mejores. A pesar de que muchos afirman que su forma de gobierno es una teocracia (gobierno divino), en realidad ellos son ricos mercaderes y la forma de gobierno de éstos se llama "plutocracia" (EEUU o la UE hoy día son un buen ejemplo).  

El cliente de cualquier mercader es el pueblo, para vender sus mercancías religiosas la Iglesia SA y sus trabajadores han seguido un plan maestro en pos del éxito financiero. Puede resumirse en varias fases.

Fase I: Búsqueda de un profeta popular: El producto a vender debe ser atractivo.

Jesús fue un rabino (maestro) carismático judío que se ganó el afecto de una parte del pueblo en la primera mitad del s.I d.C. Del Jesús histórico sabemos muy poco. Sus enseñanzas debieron calar hondo en una época convulsa en la que Israel estaba dominada por el Imperio romano. Fueron muchos los profetas itinerantes que por aquella época pululaban por esos lares, Jesús y Juan el Bautista fueron dos más de ellos. En época del emperador Nerón (54-68 d.C) ya había una importante comunidad cristiana en Roma que sufrió una fuerte persecución por parte del césar, lo que indica claramente que el cristianismo se expandió extraordinariamente en un corto periodo de poco más de 20 años.

Fase II: Comercializar las enseñanzas del profeta: El cliente siempre tiene la razón.

Pablo de Tarso fue sin ningún género de dudas el primer mercader importante que trató de sacar partido, de modo torticero, de las enseñanzas de Jesús. No en vano hoy día es considerado por muchos expertos el fundador real del cristianismo. Gracias a sus propias cartas se sabe que Pablo no conoció personalmente Jesús y que fue un judío bastante ortodoxo que persiguió con saña a los seguidores de Jesús mientras éste vivía. Al fallecer el Mesías, Pablo tuvo una "visión divina" en la que se le apareció Jesús y le pedía que predicara su palabra por el mundo. Quizá tuvo una visión de la pasta que le esperaba si remaba en la dirección adecuada...

Su vida estuvo llena de problemas en la comunidad judía de los primeros cristianos, principalmente porque consideraba que había que evangelizar a los paganos, cosa que negó el propio Jesús y que a ningún judío en sus cabales se le habría pasado por la cabeza. Hacia el año 67 fue arrestado y condenado a muerte en Roma, no es de extrañar que ninguno de los cristianos de la Iglesia de Roma moviese un solo dedo en su favor antes de que lo ejecutaran.

Fase III: Evangelización universal: !A la búsqueda de nuevos clientes!

En adelante no pocos césares consideraron el cristianismo como una amenaza al Imperio: las persecuciones continuaron en lo sucesivo. El cristianismo estaba seriamente amenazado, había que hacer algo para evitar que desapareciese, muchos pensaron entonces que después de todo Pablo llevaba razón al tratar de bautizar a los paganos. Nos encontramos en el año 70 d.C., tras fuertes revueltas judías en Israel, el templo de Jerusalén es destruído por los romanos. Muchos judíos probablemente se sintieran frustrados y se hicieron cristianos.

Es en este caldo de cultivo cuando se redacta el Evangelio de Marcos (hacia 71 d.C.) contando las vidas y milagros de Jesús de Nazaret casi 40 más tarde. Marcos, personaje del que no conocemos nada, escribió el evangelio canónico más antiguo. El fanatismo que mostraban muchos cristianos a la hora de morir como mártires sorprendía a las autoridades romanas. Los primeros cristianos fueron principalmente gentes de baja clase social y analfabetos, no debió ser muy difícil a los primitivos mercaderes engañar a los parias de la sociedad prometiéndoles la vida eterna, de modo parecido a los políticos modernos.

Más tarde se redactarán los Evangelios de Mateo y Lucas (hacia 80-90 d.C) y no mucho después el Evangelio de Juan (90-100 d.C.). De la veracidad de los hechos narrados por los evangelistas sobre la vida de Jesús debemos desconfiar bastante:

1-Se hicieron para ganar la mentalidad pagana tan dada a las leyendas. El Jesús histórico importaba poco.

2-Ninguno de los evangelistas conoció a Jesús. Jesús fue un judío rígido con la ley de Yavé, él nunca fue cristiano. El cristianismo fue posterior y no cristalizó hasta el s.IV d.C.

3-Lo único que sabemos con certeza del Jesús histórico (Yeshua), gracias a Flavio Josefo, es que existió y predicó en el mundo judío. Todo lo demás viene de los evangelistas. Flavio lo nombró de pasada sin darle ninguna importancia. Según los Evangelios la tierra tembló cuando murió Jesús, sin embargo ante un acontecimiento tan milagroso ninguna crónica de la época dice ni mu...

La propia palabra "católico" en griego significa "universal" y es eso mismo lo que hicieron para evangelizar en el mundo pagano. La Iglesia cristiana terminó por ganarle la partida al mundo pagano apropiándose de la fe de las masas descontentas. Tal fue el éxito económico de la experiencia evangelizadora que en los siglos sucesivos buscaron nuevos clientes allende los mares.

Para lograr su propósito manipularon las leyes que Yavé entregó a Moisés. En el catecismo católico hay dos cambios importantes:

1-No tendrás más Dios que a mi.

Sustituído por:

1-Amarás a Dios sobre todas las cosas.

Los paganos no creían en un solo Dios pues era politeístas, asi que hubo que venderles la burra. El culto a los santos se llamó en la antigua Roma culto a los lares, el culto a la Virgen no es más que una reminiscencia de antiguos cultos femeninos: ninfas, Isis, Cibeles, etc. El culto a los ángeles proviene de los genios y númenes locales.

2-No te harás imagen de escultura ni de figura alguna de cuanto hay arriba, en los cielos, ni abajo sobre la tierra, ni de cuanto hay en las aguas abajo de la tierra. No las adorarás ni le darás culto, porque yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos.

Este mandamiento es sustituído por el noveno, sacado de la manga:

9-!!!No consentirás pensamientos ni deseos impuros¡¡¡

De todos es conocido el beneficio económico y la atracción que reportan las estatuas que se encuentran en todas las Iglesias católicas y demás figuras de santos, vírgenes, etc. Para los musulmanes y judíos esto es una aberración religiosa. Sin embargo esta medida fue necesaria para ganar clientes.

Jesús tuvo hermanos, la palabra griega adelfos significa hermano carnal, al menos tuvo uno: Santiago, el cual fue sucesor natural de Jesús entre los cristianos. La Iglesia para defender el nacimiento virginal de María dice que tenía primos o parientes contradiciendo a los propios evangelistas. Personajes como Mitra nacieron de una virgen, si Jesús no hubiera nacido igual pocos habrían aceptado su culto.

Fase IV: La eliminación de la competencia: En busca del monopolio comercial.

Para nada fue un camino de rosas la travesía de los cristianos católicos, pues había muchas ideas discordantes entre las distintas Iglesias cristianas: existieron docenas de escuelas cada una de ellas con modos diferentes de interpretar y practicar el cristianismo: docetas, maniqueos, gnósticos, arrianos, pelagianos, etc. Estas ideas se consideraron finalmente heréticas y fueron perseguidas y destruídas por la ortodoxia católica gracias al emperador Constantino. La muerte de millones de inocentes a lo largo de los siglos o de personas que no aceptaban los dogmas católicos ayudó sobremanera a que esta monstruosa maquinaria comercial prosperara sin límite. Y es que para la Iglesia el fin justifica los medios.

Fase V: ¿Caída?

Nadie sabe si la Iglesia $A caerá algún día o no. Bajo mi punto de vista su único talón de Aquiles es la economía, pues una fuerte crisis financiera afecta a todos los negocios. Por otro lado clientela no les falta ni les faltará mientras existan analfabetos y pobres en el mundo (sin ellos la Iglesia no existiría como empresa). Fomentar guerras ha sido su forma más rápida y eficaz de mantenerse, tienen larga experiencia en ello. La guerra trae pobreza y desesperación espiritual, éstas son las condiciones adecuadas para generar nuevos clientes.  

Por desgracia, en el mundo occidental mucha gente asocia lo religioso o lo divino con la Iglesia católica, y no es extraño pues su influencia monolítica ha durado muchos siglos. Sin embargo es un error muy grave, pues nada tiene de divino manipular las propias enseñanzas del Creador para prosperar económicamente (el propio Creador advierte de los falsos profetas). Multitud de ejemplos de estas trampas pueden leerse en el libro "Mentiras fundamentales de la Iglesia católica" de Pepe Rodríguez. La muy noble teología (literalmente "ciencia de Dios") nada tiene que ver con los mercados, que nadie se engañe. 


De adorar a alguien la Iglesia, teológicamente hablando, no puede tratarse de otro que no sea Satanás (literalmente "enemigo"): el enemigo del hombre. Todos los rasgos del Satán bíblico y coránico: adversario de Dios y del hombre, lobo disfrazado de cordero, acusador, etc., se dan de modo inquietante en los usos y abusos de la Iglesia que ha fotografiado la historia. Por sus hechos los conocerás . Para colmo de males tradujeron incorrectamente (o de modo torticero) "El" o "Yavé" por "Dios" (literalmente "diablo"), personajes antagónicos. Seguramente sea la mayor blasfemia y manipulación linguística de la historia. Para más detalles etimológicos véase la entrada "Sobre los dioses".


"Diablo" (también llamado "Zeus", "Júpiter", "Indra", "Iblís", "Satán", etc.) o "Dios" es el usurpador que sustituyó al Creador desde tiempos remotos en muchos mitos y religiones. Su panteón diabólico se compone de diversos dioses que asocian las diferentes potencias existentes en la naturaleza. La Iglesia adora a "Diablo" o "Dios" y  permiten el politeísmo en forma de vírgenes, santos, cristos y otras disparatadas teorías sobre la Santísima Trinidad (recuérdese la Triada Capitolina de Júpiter). En cierto modo son coherentes al afirmar que adoran a "Dios", sin embargo "Diablo" está predestinado a caer en el Juicio Final.


La Iglesia católica no es más que un ejemplo modelo de los mercaderes de la fe que han existido desde tiempos remotos en todas las partes del globo. Las estadísticas cantan: hay más fieles católicos en  países con alto nivel de analfabetismo que en aquellos con alto nivel cultural. Si Jesucristo levantara la cabeza probablemente iría al Vaticano para expulsar a ciertos mercaderes que gorronean en los alrededores del templo de Dios.

Por último, una cita de una carta del papa León X (1513-1521) dirigida al cardenal Bembo:

Desde tiempos inmemoriales es sabido cuan provechosa nos ha resultado esta fábula de Jesucristo.