martes, 10 de julio de 2012

El Yo auténtico


Durante los milenios se ha escrito bastante sobre el cuerpo humano, el espíritu y la mente. Todos ellos requieren un entrenamiento específico para mantenerlos en forma. Así la filosofía, el cálculo o ejercitar la memoria son saludables para nuestro cerebro; la gimnasia para el cuerpo y escuchar música para el espíritu. Por desgracia no se ha escrito lo suficiente acerca del yo auténtico, siendo de lejos, la parte más importante del ser humano. A decir de la tradición religiosa y filosófica, el yo auténtico o el uno se halla fuera del cuerpo rodeándolo como una especie de neblina inseparable, este aura toma forma redonda encima de la cabeza. Muchos santos, ascetas y profetas son representados con esta aureola sobre su cabeza. Los cabalistas judíos lo llamaban Kether (corona) y para los romanos era una virtud llamada aeternitas (eternidad).



Sería imposible explicar con palabras lo impasible que trasciende al cuerpo y a la mente. Sin embargo para hacer notar su importancia pondré un ejemplo: El ser humano es como un país que está formado por cuatro tipos de ciudadanos en orden de importancia: El rey (el yo auténtico), la aristocracia (la mente), el espíritu (el ejército) y el cuerpo (la plebe). En la persona íntegra el rey manda, lo que sería una monarquía; en la persona noble mandan los aristócratas, forma de gobierno llamada aristocracia; en la persona común manda el corazón o el más fuerte; en la persona pasional manda el cuerpo, su forma de gobierno sería la democracia (gobierno del pueblo). La libertad del individuo depende del modo en que se gobierne. 


En un mundo tan enloquecido como el que nos ha tocado vivir, el yo auténtico solo puede captarse de manera intuitiva por medio del ascetismo, disciplina, adquisición de conocimientos útiles para tal fin y una continua reflexión. Ello llevará al interesado a conocerse a sí mismo y a utilizar todo su ser como un mecanismo de relojería bien engrasado. El que entrena su cuerpo mejora su salud; el que ejercita su mente gana en inteligencia y el que cultiva su espíritu se hace fuerte. Pero es el yo quien permite que se realice de modo eficaz para todas las partes del ser. Si el yo no dirige, todos los esfuerzos son el balde.



Las religiones basadas en la ominipotencia del Demiurgo están constituídas por dichos y enseñanzas de hombres santos que se conocían bien a sí mismos: Abraham, Jesús, Lao Tzu, Mahoma, Moisés, Buda, Zoroastro, etc. Lo que nos ha llegado de ellos en muchos casos (especialmente en occidente) son interpretaciones torticeras de lo que dijeron, ya sea por causas económicas, políticas o bien por hacer viable la vida del hombre común con el ascetismo. En cambio, desde el lejano oriente las enseñanzas nos han llegado poco trastocadas, quizá sea debido a la sencillez de carácter y la paciencia que tienen los orientales. El yo auténtico está relacionado con el todo y su naturaleza es regir al ser, del mismo modo que el Demiurgo se encuentra en todas partes y manda en el cosmos. El ser humano es un universo en miniatura. Los que busquen el yo auténtico por medio de sesudas teorías filosóficas, "maestros" de prestigio o investigando sobre una postura del loto perfecta para "meditar" (traducción impropia, pues meditar es calcular) están perdiendo el tiempo. Más apropiado parece aprender a desaprender.



Uno de los grandes maestros demiúrgicos fue Chuang Tzu (siglo II a. C.), es posiblemente el más espiritual de los filósofos chinos. Incluso se lo considera el mayor representante del taoísmo, ya que divulgo los escritos de Lao Tzu, figura legendaria de esa doctrina. A continuación expongo algunos de sus cortos relatos con objeto de comprender, en lo posible, el yo auténtico.



EL ÁRBOL INÚTIL





Hui tzu le dijo a Chuang: "Tengo un árbol grande, de los que llaman árboles apestosos. El tronco está tán curvado, tan lleno de nudos, que nadie podría obtener una tabla derecha de su madera. Las ramas están tan retorcidas que no se pueden cortar en forma alguna que tenga sentido. Ahí está junto al camino. Ni un solo carpintero se dignaría siquiera mirarlo. Iguales son tus enseñanzas, grandes e inútiles." Chuang Tzu replicó:



"Has observado alguna vez al gato salvaje? Agazapado, vigilando a su presa, salta en ésta y aquella dirección, arriba y abajo, y finalmente aterriza en la trampa. Pero ¿has visto al yak? Enorme como una nube de tormenta, firme en su poderío. ¿Qué es grande? Desde luego. ¡No puede cazar ratones! Igual ocurre con tu gran árbol. ¿Inútil? Entonces plántalo en las tierras áridas. En solitario. Pasea apaciblemente por debajo, descansa bajo su sombra; ningún hacha ni decreto preparan su fin. Nadie lo cortará jamás.





DESTAZANDO UN BUEY





El cocinero del príncipe Wen Hui estaba destazando un buey. Extendió una mano, bajó un hombro,apoyó un pie, presionó con una rodilla. El buey quedó deshecho. Con un susurro, el brillante cuchillo de carnicero murmuraba como un viento suave. ¡Ritmo! ¡Cronometración! ¡Como una danza sagrada, como las antiguas armonías! "¡Buen trabajo!", exclamó el príncipe. "¡Su método es impecable!" "¿Método?", dijo el cocinero dejando a un lado su cuchilla. "¡Lo que hago es seguir el Tao más allá de todo método!



Cuando empecé a destazar bueyes, veía ante mí al buey entero, toda una masa única. Después de tres años, ya no veía aquella masa. Veía sus distinciones. Pero ahora ya no veo nada con los ojos. Todo mi ser aprehende. Mis sentidos están ociosos. El espíritu, libre para trabajar sin un plan concreto, sigue su propio instinto guiado por una línea natural. Por la abertura secreta, el espacio oculto, mi cuchilla no encuentra su propio camino. No atravieso ninguna articulación, no corto hueso alguno. Un buen cocinero necesita cortador nuevo, una vez al año. Corta. Un mal cocinero necesita uno nuevo todos los meses. ¡Él mutila!



Llevo utilizando esta misma hoja diecinueve años. Ha destazado un millar de bueyes. Su hoja sigue cortando como si estuviera recién afilada. Hay espacios entre las articulaciones; la hoja es delgada y cortante: cuando esta delgadez encuentra aquel espacio, ¡hay todo el sitio que se pudiera desear!



¡Pasa como una brisa! ¡Por eso mantengo esta hoja desde hace diecinueve años como si estuviera recién afilada! Cierto es, en ocasiones hay articulaciones duras. Las siento venir, entonces me detengo, observo con atención, me contengo, casi no muevo la hoja, y ¡whump! la parte se desprende cayendo como un trozo de tierra. Entonces retiro la hoja, me quedo quieto, y dejo que la alegría del trabajo penetre en mí. Limpio la hoja y la guardo."



El príncipe Wan Hui dijo: "¡Eso es! ¡Mi cocinero me ha mostrado como debiera vivir mi propia vida!





DEJAR LAS COSAS COMO ESTÁN





Sé lo que es dejar el mundo tranquilo, no interferir. No sé nada acerca de cómo dirigir las cosas. Dejar las cosas como están ¡de manera que los hombres no hagan hincharse su naturaleza hasta que pierde su forma!¡No interferir, para que los hombres no se vean transformados en algo que no son! Cuando los hombres no se vean retorcidos y mutilados más allá de toda posibilidad de ser reconocidos, cuando se les permita vivir, habrá sido logrado el propósito del gobierno. ¿Demasiado placer? El Yang tiene demasiada influencia. ¿Demasiado sufrimiento? El Yin tiene demasiada influencia. Cuando uno de éstos se impone al otro, es como si las estaciones llegaran cuando no deben. El equilibrio entre el frío y el calor queda destruido, el cuerpo del hombre sufre.



Demasiada alegría, demasiada tristeza, fuera de su momento preciso, y los hombres pierden el equilibrio.¿Qué harán después? El pensamiento divaga sin control. Empiezan a hacer de todo, no terminan nada. Aquí comienza la competencia, aquí nace la idea de la excelencia, y los ladrones surgen sobre la faz de la Tierra. Ahora, ni el mundo entero es recompensa suficiente para los "buenos" ni hay castigo suficiente para los "malvados". Desde ahora, el mundo entero no es suficientemente grande ni como premio ni como castigo. Desde los tiempos de las Tres Dinastías, los hombres han estado corriendo en todas las direcciónes imaginables. ¿Cómo van a encontrar tiempo para ser humanos?



Entrenas tus ojos y tu visión anhela colores. Educas tus oídos y deseas sonidos deliciosos. Te deleitas en hacer el bien y tu bondad natural queda deformada. Te regocijas en ser justo y te vuelves más allá de toda razón. Te excedes en la liturgia y te conviertes en un comicastro. Excédete en tu amor por la música y sólo interpretarás basura. El amor a la sabiduría lleva a una sabiduría prefabricada. El amor al conocimiento lleva a la búsqueda de fallas. Si los hombres se mantuvieran como realmente son, tener o prescindir de estas ocho delicias no significaría nada para ellos. Pero si se niegan a permanecer en su estado correcto, las ocho delicias se desarrollan como tumores malignos. El mundo cae en la confusión. Ya que los hombres alaban estas delicias, y las anhelan, el mundo ha quedado ciego como una piedra.



Cuando el deleite haya pasado, aún se aferrarán a él: rodean su memoria de adoraciones rituales, caen de hinojos para hablar de él, tocan música y cantan, ayunan y se autodisciplinan en honor de las ocho delicias. Cuando las delicias se convierten en una religión, ¿cómo puede uno controlarlas? El hombre sabio, entonces, cuando ha de gobernar, sabe cómo no hacer nada. Al dejar las cosas estar, descansa en su naturaleza original. Aquel que gobierne respetará al gobernado ni más ni menos que en la medida en que se respete a sí mismo. Si ama su propia persona lo suficiente como para dejarla descansar en su verdad original, gobernará a los demás sin hacerles daño. Dejadlo que evite que los profundos impulsos de sus entrañas entren en acción. Dejadlo estar tranquilo, sin mirar, sin oír. Dejadlo estar sentado como un cadáver, con el poder del dragón vivo en torno de sí. En completo silencio, su voz será como el trueno. Sus movimientos serán invisibles, como los de un espíritu, pero los poderes del Cielo irán con ellos. Inalterado, sin hacer nada, verá todas las cosas madurar a su alrededor. ¿De dónde sacará tiempo para gobernar?





CUANDO LA VIDA ERA PLENA, NO HABÍA HISTORIA







En la era en que la vida sobre la Tierra era plena, nadie prestaba particular atención a los hombres valiosos, ni señalaba al hombre de habilidad. Los gobernantes eran simplemente las ramas más altas del árbol, y el pueblo era como los ciervos en los bosques. Eran honestos y justos, sin darse cuenta de que estaban "cumpliendo con su deber". Se amaban los unos a los otros, y no sabían que esto significaba "amar al prójimo". No engañaban a nadie y aun así no sabían que eran hombres de "fiar". Eran íntegros y no sabían que aquello era "buena fe". Vivían juntos libremente, dando y tomando, y no sabían que eran "generosos". Por esta razón, sus hechos no han sido narrados. No hicieron historia.





LOS CINCO ENEMIGOS







Con madera de un árbol de cien años de edad, construyen vasos para el sacrificio, cubiertos de diseños verdes y amarillos. Las astillas cortadas yacen si ser utilizables en la cuneta. Si comparamos los vasos de sacrificio con la madera de la cuneta, vemos que difieren en apariencia: uno es más bello que la otra; pero aun así son iguales en esto: ambos han perdido su naturaleza original. De modo que, si comparamos al ladrón con el ciudadano respetable, vemos que uno es, desde luego, más respetable que el otro; y aun así coinciden en esto; ambos han perdido la simplicidad original del hombre. ¿Cómo la perdieron? He aquí las cinco maneras:



El amor a los colores atonta el ojo y ya no consigue ver correctamente. El amor a las armonías hechiza el oído y se pierde el verdadero oído. El amor a los perfumes llena la cabeza de vahídos. El amor a los sabores arruina el gusto. Los deseos desazonan el corazón hasta que la naturaleza original enloquece. Estos cinco son los enemigos de la verdadera vida. Y aún así son aquello para lo que "hombres de gran discernimiento" afirman que viven. No son aquello para lo que yo vivo: ¡si esto es la vida, entonces, los palomos enjaulados han encontrado la felicidad!





LA ACCIÓN Y LA NO-ACCIÓN





La no-acción del hombre sabio no es inacción. No es nada estudiado. No se ve alterada por nada. El sabio está tranquilo porque no se ve movido, no porque quiere estar tranquilo. El agua tranquila es como el cristal. Puedes mirarte en ella y ver la barba de tu mentón. Es un nivel perfecto; podría usarlo el carpintero. Si el agua es tan clara, tan nivelada, ¿cuánto más lo será el espíritu del hombre? El corazón del hombre sabio es sereno. Es el espejo del Cielo y la Tierra, el cristal de todo. Vaciedad, quietud, tranquilidad, insipidez. Silencio, no-acción: éste es el nivel del Cielo y la Tierra. Esto es el Tao perfecto. Los hombres sabios encuentran aquí su lugar de reposo.



En reposo, están vacíos. Del vacío viene lo no condicionado. De esto, lo condicionado, las cosas individuales. De modo que, del vacío del sabio, surge la quietud; de la quietud, la acción. De la acción, el logro. De su quietud viene su no-acción, que es también acción. Y es, por tanto, su logro. Porque la quietud es el goce. El goce está libre de preocupación, fructífero durante largos años. El gozo vuelve despreocupadas todas las cosas porque el vacío, la quietud, la tranquilidad, la insipidez, el silencio y la no-acción son la raíz de todas las cosas.





EL DUQUE HWAN Y EL CARRETERO





El duque Hwan de Khi, el primero de su dinastía, estaba sentado bajo su toldilla leyendo filosofía, y Phien el carretero estaba en el patio haciendo una rueda. Phien dejó a un lado el martillo y el cincel, ascendió los escalones, y dijo al duque Hwan: "¿Puedo preguntarle, Señor, qué es eso que usted está leyendo?" El Duque dijo:"A los expertos. Las autoridades." Y Phien preguntó: "¿Vivos o muertos?" "Muertos hace mucho tiempo." "Entonces", dijo el carretero, "no está leyendo más que la basura que dejaron atrás."



El Duque replicó:"¿Qué sabes tú de esto? No eres más que un carretero. Mas te vale darme una buena explicación o moriras."El carretero dijo: "Veamos el asunto desde mi punto de vista. Cuando yo hago ruedas, si me lo tomo con calma, se deshacen; si soy demasiado violento, no encajan; si no soy ni demasiado calmoso ni demasiado violento, sale bien. El trabajo resulta como yo deseo.



Esto no puede ser traducido a palabras: simplemente hay que saber cómo es. Ni siquiera puedo explicar a mi hijo cómo hacerlo, y mi propio hijo no puede aprenderlo de mí. ¡Así que aquí estoy, con mis setenta años, haciendo ruedas todavía! Los hombres de antaño se llevaron todo lo que realmente sabían con ellos a la tumba. Y así, mi Señor, lo que está leyendo ahí no es más que la basura que dejaron tras de ellos."






MEDIOS Y FINES







El portero de la capital de Sung se convirtió en un plañidero tan experto tras la muerte de su padre, y se consumió hasta tal punto con ayuno y austeridades, que fue promovido a un alto rango para que sirviera de modelo para la observación de los rituales. Como resultado de esto, sus imitadores se mortificaron hasta tal punto que la mitad de ellos murió. Los restantes no fueron ascendidos.



El propósito de una trampa para peces es cazar peces y, cuando éstos han sido capturados, la trampa ha sido olvidada. El propósito de un cepo para conejos es cazar conejos. Una vez capturados éstos, el cepo cae en el olvido. El propósito de las palabras es transmitir ideas. Una vez captada la idea, las palabras quedan olvidadas. ¿Dónde podría yo encontrar a un hombre que haya olvidado las palabras? Es con él con quien me gustaría hablar.






HUIDA DE LA SOMBRA







Había un hombre que se alteraba tanto al ver a su propia sombra y se disgustaba tanto con sus propios pasos, que tomó la determinación de librarse de ambos. El método que se le ocurrió fue huir de ellos. Así que se levantó y echó a correr. Pero cada vez que bajaba el pie había otro paso, mientras que su sombra se mantenía a su altura sin dificultad alguna. Atribuyó su fracaso al hecho de que no estaba corriendo con la suficiente rapidez. De modo que empezó a correr más y más rápido, sin detenerse, hasta que finalmente cayó muerto. No se dio cuenta de que, si simplemente se hubiera puesto a la sombra, su sombra se habría desvanecido, y si se hubiera sentado y quedado quieto, no habría habido más pisadas.